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Vamos a ganar

La hegemonía progre se ha instalado en nuestras sociedades occidentales con tanta naturalidad que hoy muchos ven difícil, cuando no imposible, una reacción. Hay varias tendencias que aparentemente apoyan esta idea y nos permiten predecir un largo reinado de la ideología progre. En primer lugar, en la mayoría de países se tiende a constatar que los jóvenes están más contaminados por los antivalores modernos que sus mayores, y bajo el supuesto de que mantendrán la misma cosmovisión al envejecer, eso tendría hondas implicaciones para la sociología nacional. En segundo lugar, la secularización sigue avanzando y nuestras sociedades son cada vez menos cristianas. Dado que tradicionalmente el cristianismo ha sido el freno de las políticas progres, lo lógico es pensar que si decae estas políticas se intensificarán. Finalmente, el multiculturalismo supone una erosión progresiva de la cultura occidental y favorece que los partidos progres se mantengan en el poder mediante una pintoresca alianza entre los urbanitas cosmopaletos posmodernos y una inmigración en muchos casos reacia a la asimilación. 

Todos estos factores son los que suelen citarse como prueba de la persistencia de lo progre en el tiempo. Muchos conservadores se muestran pesimistas en consecuencia ante este escenario. La idea de la decadencia de Occidente, de que los mejores días de nuestra civilización han pasado, está a la orden del día. Pero, ¿es acertado este diagnóstico? ¿Debemos asumir la derrota y simplemente tratar de mantener un reducto de cultura cristiana occidental en medio de la degeneración que nos rodea? Es evidente que nadie puede predecir el futuro, y por otro lado, no deberíamos descartar la hipótesis de la decadencia irreversible solo porque nos resulte desagradable: el optimismo vacuo no tiene cabida ante el análisis desapasionado de los hechos. 

No obstante, a pesar de tantos indicios que apuntan en la mala dirección, me atrevo a sostener que al final vamos a ganar esta batalla cultural y que el progresismo no durará. ¿Por qué? Analicemos otros factores que normalmente se suelen pasar por alto. 

Para empezar, aunque las generaciones jóvenes están en general muy progretizadas, se advierten algunos signos de esperanza. En varios países, los partidos de las nuevas derechas están ganando un apoyo decisivo entre la población joven, sobre todo en los hombres. Ello no es sorprendente. La moderna sociedad progre, con su idea de "masculinidad tóxica", lleva consigo una represión de los más hondos instintos de todo varón, y por eso es difícil pensar que sea sostenible. El feminismo y las políticas de género polarizan cada vez más a la juventud: mientras las chicas en gran parte aceptan el mantra progre, en los chicos cada vez se perciben más señales de rebeldía. El cultivo de una saludable masculinidad es esencial para toda sociedad, y un mundo en el que a los hombres no se les deja actuar como tales solo causará rechazo en última instancia. Por otro lado, aunque los mayores sean de media más conservadores, solo de los jóvenes puede venir la reacción, pues ese mismo conservadurismo supone un cierto freno para una respuesta enérgica al sistema. Los partidos de derecha dura que sepan atender las inquietudes de estos jóvenes alienados tendrán, pues, la llave del futuro.

Otra cuestión de vital importancia es que Occidente ya se encuentra de hecho en decadencia si se lo compara con otras civilizaciones. Si en 1900 Europa dominaba el mundo, hoy el poderío militar y económico de nuestras naciones cede cada vez más bajo la presión de China, Rusia, India y otros tantos países que pujan por hacerse un hueco en la geopolítica mundial. Los datos que certifican el gradual desplazamiento de Occidente por Oriente son conocidos por todos y no hace falta resaltarlos. Pero aún mas crucial es la diferencia entre los discursos de unos y otros y el tipo de valores que sus sociedades promueven. Esto lo aprendí conversando con una amiga china sobre la educación en su país. Los países emergentes están construyendo sociedades fuertemente patriotas, potenciando su cultura y realzando sus logros históricos pasados. Mientras, en Occidente se denigra el legado nacional en favor de una quimérica "ciudadanía mundial" y del multiculturalismo. Es claro que ante una confrontación de civilizaciones, aquella que no esté segura de sí misma y de su misión en el mundo perderá inevitablemente. El progresismo, por tanto, es una ideología decadente, propia de sociedades que han olvidado sus valores tradicionales. ¿Puede perdurar esto? Evidentemente, no. La historia nos enseña que tarde o temprano los pueblos se rebelan contra quienes no son capaces de protegerlos contra la competencia extranjera. 

Pero si hay algo aún más contundente que todo lo anterior, y que cada vez es más patente, es la fragilidad que subyace a este consenso progre aparentemente invencible. Hace poco vimos cómo, ante el retiro de una placa en honor de un sujeto como poco cuestionable, la progresía patria entraba en un estado de auténtica psicosis colectiva. ¡Una placa! ¿Cómo es posible que después de décadas de colarnos goles por la escuadra se alarmen ante un simple córner? Muy fácil: no están acostumbrados a que nadie les plante cara. En el fondo, el moderno progre es un matón de recreo que se acobarda en cuanto le hacen frente, y su ideología no es más que un gigante con pies de barro. Y en cierto modo es lógico que sea así. ¿Cómo una cosmovisión tan contraria por principio al más elemental instinto de virilidad y dominación va a llamar a dar la batalla sin cuartel contra el enemigo? Con el progresismo sucede justo lo contrario que con el comunismo, cuya apariencia de fuerza, como señalaba Marañón, era siempre inferior a su verdadera realidad. Mientras los comunistas conquistaron mediante la violencia el poder en países en los que estaban en clara minoría, los progres de hoy son incapaces de acallar a una disidencia creciente con métodos mucho más sofisticados. En realidad, si echamos un vistazo a lo que la gente verdaderamente piensa, encontramos muy pocos creyentes verdaderos en el Evangelio progre. Es mucho más frecuente la asunción acrítica del mantra o la indiferencia ante la falta de alternativas. De hecho, la insistencia cada vez mayor en los círculos del consenso dominante a favor de la censura de determinadas ideas ("al fascismo no se le discute, se le destruye") solo es una muestra más de esta honda debilidad. 

Es por eso que veo muy difícil que la hegemonía progre subsista indefinidamente. Creo que los conservadores, dentro de lo que cabe, tenemos motivos para ser optimistas. En un tiempo de oscuridad y decadencia, tener las ideas claras, el ánimo incólume y la voluntad firme son los ingredientes indispensables del éxito. Recordemos a ese matón de recreo que huyó en cuanto le pusimos mala cara. 

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