Ir al contenido principal

Un país fallido

La reciente pandemia me ha convencido de algo que llevaba un tiempo meditando: España es un país fallido. Esto no debe entenderse como un lamento derrotista al estilo de los de la Generación del 98, sino como la simple constatación de la situación existente. No tengo ningún interés en resucitar la nefasta fracasología que durante tantas décadas minó el orgullo nacional de los españoles; antes al contrario, considero que es precisamente en momentos de zozobra cuando se abren las ocasiones más propicias para el restablecimiento de la gloria patria. 

Todo depende, por supuesto, de que diagnostiquemos correctamente las causas de la enfermedad. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que España es un país fallido? Para empezar, no debemos entender esto en un sentido limitado a la labor (desastrosa) del actual gobierno de España. Creo que pocas dudas puede haber a estas alturas de la catástrofe que este ha supuesto para nuestro país, en todos los frentes, y en el caso de aquellos que aún no lo han advertido, es obvio que mis palabras no los convencerán. Así opera la última encarnación del fanatismo político. Dejemos aparte, entonces, este punto. Mejor concentrémonos en el panorama social que esta crisis nos ha desvelado. 

Ante la debacle en la que España se ve inmersa, se distinguen varias tendencias entre la población. De un lado, los fanboys que siguen apoyando al gobierno y a sus socios, hagan lo que hagan. Poco puede hacerse con ellos ahora para hacerles cambiar de idea. Si frente al gobierno más antinacional en 80 años (sí, 80) la única respuesta por parte de este sector es "¡que viene la ultraderecha!" o "la derecha lo habría hecho peor", nada puede alegarse. Pertenece a la esencia de la moderna política identitaria la absoluta impermeabilidad de los bloques de votantes, de forma que la polarización creciente, al afectar no solo a las cuestiones de gestión del día a día, sino también a los valores últimos de la persona, impide por completo todo intento de comunicación bilateral provechosa. No digo que esta sea la situación ideal (no lo es), pero es la que tenemos, así que de momento no nos queda otra que aceptarlo y jugar con lo que hay.

Echemos un vistazo ahora a los contrarios al gobierno. Muchos que dicen serlo no lo son realmente, de hecho. Su "estrategia" para reconducir la coyuntura consiste en sentarse plácidamente hasta que el cadáver del adversario flote ante sus ojos, abatido por su propia incapacidad. Semejante planteamiento no solo ignora la dinámica identitaria de bloques de la política actual, sino que supone un reconocimiento implícito de la propia debilidad de sus proponentes, pues ¿cómo es que ante un gobierno como el que tenemos el partido principal mantenga casi intacta su intención de voto y el primer partido de la oposición no levante cabeza? Otros dicen que es tiempo de "moderación" y de "pactos de Estado". De más está decir que, como me señalaba hace poco un buen amigo, la moderación solo tiene sentido cuando el adversario es también moderado. Ante un enemigo que está fanatizado y cuyos planes de futuro se revelan cada vez más inicuos, ese discurso no tiene cabida. En el fondo, los que se decantan por este tipo de estratagemas no reconocen la excepcionalidad de la situación ante la que nos encontramos, y lejos de contrarrestar el desorden imperante, lo asumen como inevitable y únicamente conservan la esperanza de gestionarlo con mejor tino en el futuro (si les dejan, claro).

Existe, empero, un porcentaje no desdeñable de la población que poco a poco se va convenciendo de que algo está muy mal en la España de hoy, y de que solo un cambio de rumbo decisivo puede salvarnos del precipicio al que el actual rumbo nos condena de forma ineluctable. Pero ahí acaba, en muchos casos, la perspicacia de los integrantes de este grupo. En realidad, ellos tampoco tienen una receta para evitar el desastre. Aún peor: en ocasiones asumen una conducta subversiva errática que a nada conduce. Veamos un ejemplo claro. A la mayoría de la gente le molestan, como es lógico, las restricciones de seguridad sanitaria que hoy debemos afrontar. ¿Debemos entonces negarnos a cumplirlas y ampararnos en su mayor o menor acierto o justicia para desobedecer? Dejando a un lado el hecho de que los ciudadanos carecemos de competencia técnica para juzgar lo correcto o no de las medidas desde el punto de vista sanitario, esta táctica es radicalmente errónea.

Para que el populismo de derechas sea exitoso, debe establecerse, primero, una comunicación directa y eficaz entre el líder y el pueblo, de manera que el líder sea capaz de cortocircuitar a los medios del sistema y hablar directamente a la gente sin los filtros de la corrección política. Realizado este paso, el pueblo debe seguir al líder y apoyarlo en sus propuestas de regeneración nacional. Dado que, como es de esperar, la posición del líder será mucho más difícil de defender que la del consenso dominante, por su radicalidad y su carácter rupturista, el populismo de derechas solo puede triunfar cuando el pueblo es disciplinado, acepta las directrices del líder y se vuelca sin fisuras en la presión por el cambio. Si el líder debe vencer la oposición de mil grupos de presión y de multitud de intereses creados, solo un sustento social firme le permitirá afianzarse. Este tipo de cohesión no puede alcanzarse con una población entregada a la subversión, incapaz de obedecer y que bascula en función de sus instintos más primarios. En el verdadero populismo, el líder domina a las masas, no las masas al líder. Por eso la llamada a la desobediencia es equivocada. La indisciplina y el incumplimiento de las normas nunca han ido en provecho de la prosperidad de nuestro país, y a la vista tenemos la historia de los dos últimos siglos. Esto sin mencionar, naturalmente, el suicidio que supone desobedecer desde una posición de minoría social cada vez más acosada.

A la vista de lo anterior, creo que queda claro por qué España es un país fallido. Las fuerzas destructoras están a la cabeza, la oposición oficial es inoperante y la población está en su mayoría completamente desnortada, mientras aquellos pocos que tienen los instintos correctos no llegan a discernir la auténtica receta para el éxito. El análisis de Ortega sigue conservando su vigencia: España está invertebrada. ¿Quién la vertebrará? 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Contra los libertarios

Debido a las dinámicas propias de la Guerra Fría, nos hemos habituado a definir la oposición entre izquierdas y derechas por referencia a la economía. La derecha representaría, entonces, la confianza en el libre mercado y en el capitalismo, frente al socialismo de la izquierda. Ya hemos dicho en anteriores ocasiones que esta es una dicotomía simplista, dado que el conservadurismo, aunque opuesto al socialismo, no puede reducirse a una mera defensa del liberalismo económico e incluso en muchos casos puede ser contrario a este. Pero la mitología del "mercado" ha pervivido y se resiste a desaparecer, y uno de sus resultados es la gran complacencia con la que muchos derechistas contemplan al liberalismo libertario, considerándolo un aliado en la lucha contra la izquierda, o a lo sumo como un compañero de viaje quizá algo radical y extraviado.  Por este motivo, no es raro que muchos jóvenes de la derecha española comiencen sus primeras andaduras políticas como libertarios, enemigo

Más allá del liberalismo

En un momento en el que el "liberalismo" parece ser el tótem al que casi toda la derecha española rinde pleitesía y todo el mundo se declara liberal con más fervor que nunca y con más ánimo exclusivista contra los "falsos liberales", no está de más refrescar la eterna cuestión, siempre disputada, de las relaciones del conservadurismo con el liberalismo. Hace ya tiempo que ofrecí un resumen de mi posición ( aquí ). Sin embargo, nuevas lecturas, reflexiones y debates me han llevado a reexaminar el tema. En concreto, la lectura del magnífico artículo What is Conservatism? de Yoram Hazony y Ofir Haivry, publicado hace pocos años en American Affairs , ha supuesto un antes y un después en mi concepción del conservadurismo. Hazony y Haivry son dos figuras eminentes del nuevo movimiento nacional-conservador que ha trastocado el universo intelectual de la derecha en Estados Unidos. A diferencia de otros provocadores en cuyo haber solo podemos contar el hacer rabiar pun

Vamos a ganar

La hegemonía progre se ha instalado en nuestras sociedades occidentales con tanta naturalidad que hoy muchos ven difícil, cuando no imposible, una reacción. Hay varias tendencias que aparentemente apoyan esta idea y nos permiten predecir un largo reinado de la ideología progre. En primer lugar, en la mayoría de países se tiende a constatar que los jóvenes están más contaminados por los antivalores modernos que sus mayores, y bajo el supuesto de que mantendrán la misma cosmovisión al envejecer, eso tendría hondas implicaciones para la sociología nacional. En segundo lugar, la secularización sigue avanzando y nuestras sociedades son cada vez menos cristianas. Dado que tradicionalmente el cristianismo ha sido el freno de las políticas progres, lo lógico es pensar que si decae estas políticas se intensificarán. Finalmente, el multiculturalismo supone una erosión progresiva de la cultura occidental y favorece que los partidos progres se mantengan en el poder mediante una pintoresca alianza