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Contra los libertarios

Debido a las dinámicas propias de la Guerra Fría, nos hemos habituado a definir la oposición entre izquierdas y derechas por referencia a la economía. La derecha representaría, entonces, la confianza en el libre mercado y en el capitalismo, frente al socialismo de la izquierda. Ya hemos dicho en anteriores ocasiones que esta es una dicotomía simplista, dado que el conservadurismo, aunque opuesto al socialismo, no puede reducirse a una mera defensa del liberalismo económico e incluso en muchos casos puede ser contrario a este. Pero la mitología del "mercado" ha pervivido y se resiste a desaparecer, y uno de sus resultados es la gran complacencia con la que muchos derechistas contemplan al liberalismo libertario, considerándolo un aliado en la lucha contra la izquierda, o a lo sumo como un compañero de viaje quizá algo radical y extraviado. 

Por este motivo, no es raro que muchos jóvenes de la derecha española comiencen sus primeras andaduras políticas como libertarios, enemigos radicales del Estado y del socialismo. La absoluta preponderancia de la izquierda en España y la correlativa debilidad de un auténtico conservadurismo explican este hecho. Entre una socialdemocracia corrupta reconvertida en la corrección política más asfixiante y un "centro reformista" cuyo tótem es la gestión aséptica, se entiende por qué tantos chavales encuentran en el libertarismo una alternativa atractiva y radical. Los libertarios gustan de presentarse a sí mismos como los disidentes del "consenso socialdemócrata". Según su vulgata, todos los partidos en España son "socialistas", mientras que ellos serían los auténticos defensores de la libertad. La libertad es una palabra cargada de resonancias positivas para los jóvenes, y la perspectiva de oponerse a un statu quo opresivo resulta asimismo estimulante. 

¿El único problema? Que es falso. En los últimos años se ha revelado cómo los libertarios han pasado de denigrar a la partitocracia y a los "socialistas de todos los partidos", a tomar asiento cómodamente entre los corifeos del sistema en contra de los "populistas". El cambio ha sido tan rápido que se muestra aún más significativo. Gente que hace poco criticaba a la Unión Europea por "socialista" ahora tiembla ante la "amenaza" de un "nacionalismo español". Gente que se declaraba contraria a la corrección política ahora dice que hay que buscar un "centro" entre los progres y los "fachas". Lo único que no ha cambiado es su dogmatismo pro-mercado, el cual combinan con un entusiasmo cada vez más indisimulado hacia las causas moralmente más aberrantes, que abanderan bajo el mantra de la "libertad". La prostitución, la gestación subrogada y el "derecho de secesión" son solo la última hornada de una larga lista de barbaridades a cual más excéntrica. 

Las razones de todo esto hay que buscarlas en la propia naturaleza de la ideología libertaria, que ya certeramente analizó Russell Kirk en su famoso artículo Chirping Sectaries, donde ponía de manifiesto la radical incompatibilidad del libertarismo con el conservadurismo. Aunque la oposición fue perceptible desde un principio, no se hizo evidente hasta la última década, en la que el desarrollo de los acontecimientos en Europa y en Estados Unidos iba a desplazar a los conservadores hacia posturas cada vez más escépticas frente al liberalismo y el mercado, hasta desembocar en el nuevo nacional-conservadurismo, que es explícitamente anti-libertario. 

El análisis sosegado de la ideología libertaria revela esto con claridad. El libertarismo es un pensamiento anti-político en su esencia. Los libertarios niegan el aserto de Aristóteles de que el hombre es un animal político por naturaleza y para ellos la comunidad política no es el lugar idóneo para el desarrollo de las tendencias naturales de la persona, sino una cárcel que se impone al individuo por la arbitrariedad de otros hombres que, mediante la violencia, someten a los demás. En el fondo, el libertario considera que el Estado no es más que una banda de ladrones, y que los únicos lazos que pueden legítimamente unir a un individuo a otros son los que él mismo decide constituir. Las consecuencias de este errado entendimiento de la naturaleza humana no son difíciles de adivinar. El libertario rechaza por principio las obligaciones naturales, es decir, aquellas que no nacen del acuerdo explícito, sino de la posición que naturalmente ocupamos en relación con otros. No sorprende entonces que el libertario tenga que hacer malabarismos cuando trata de los derechos y obligaciones entre padres e hijos. Al igual que niega que la pertenencia a una determinada comunidad política imponga deberes al individuo, así se niegan los deberes que emanan de la familia. El libertario querría, en su mundo ideal, reducir todos los derechos y obligaciones a aquellos que emanan de contratos libremente pactados entre las partes. Lo que, por supuesto, resulta contrario tanto a la experiencia histórica como a los fundamentos más hondos de toda sociedad.

La posición libertaria, si es lógicamente desarrollada, conduce a proclamar la ilegitimidad de todos los Estados existentes y a pedir su abolición en beneficio de agrupaciones políticas de "libre adhesión". De ahí el entusiasmo de notables libertarios con el independentismo catalán y en general con todo movimiento que sea susceptible de trocear o cuartear el Estado, que para el libertario es el Gran Satán. El libertario, entonces, se revela como un subversivo en potencia, como un enemigo irreconciliable de toda idea de orden o comunidad. Bajo principios libertarios es imposible defender ninguna noción de sociedad política en sentido estricto, es decir, dotada del poder de la coacción para hacer cumplir sus mandatos y monopolizadora de la violencia. Por descontado, el libertario rechaza la idea de soberanía nacional sobre la cual se sustentan los sistemas políticos modernos, proclamando en su lugar la "soberanía del individuo". A la negación de la legitimidad del Estado-nación le sigue la del derecho de este a regular la entrada de extranjeros en su territorio, defendiendo una quimérica "libre circulación" que jamás ha existido y que en la práctica se traduciría en el colapso de cualquier sociedad que la practicara. 

El economicismo del libertario también es legendario. Los libertarios profesan tal dogmatismo en su fe en el mercado que rechazan de plano todos los instrumentos de política económica que los Estados han venido desarrollando desde hace dos siglos para corregir los desequilibrios del capitalismo: política social, regulación de las condiciones de trabajo, inversión pública, política de defensa de la competencia, etc. Esta postura es plenamente coherente con la negación de la comunidad política que es el santo y seña del libertario. Si los lazos que unen a los individuos bajo el Estado moderno son arbitrarios y coactivos, ¿por qué pagar impuestos para sufragar unos gastos de los que personalmente no sale uno beneficiado? ¿Por qué preocuparse del orden público y de la cohesión social? El libertario tiende a argumentar que su posición no se deriva de un egoísmo personal sino de la defensa de sus "derechos". Pero lo cierto es que una teoría de los derechos que prescinda del Estado y de la naturaleza política del hombre no es más que una fantasía, y en el peor caso una coartada para la licencia ilimitada.

La anarquía que el libertario postula en lo político y en lo económico tiene su inevitable correlativo en el ámbito moral. El libertario presume de tener moral y de no ser un relativista, y sostiene que su planteamiento no niega la inmoralidad, sino que simplemente se opone a combatir esta por medio de la ley. Sin embargo, la distinción entre lo ilegal y lo inmoral, tal y como es esbozada por el libertario, es un puro sofisma. El libertario tiene una noción completamente errada de lo que la ley es, que se deriva de su errónea concepción de la sociedad política. La ley no es reducible a "los contratos" ni es únicamente un mecanismo represor de acciones que violan la libertad o la propiedad de otros. Esas son funciones meramente utilitarias, funciones necesarias pero que no agotan el contenido de la ley. La verdadera ley está orientada al bien común de la sociedad, que no equivale a la suma de intereses particulares egoístas de los individuos que la componen, y que requiere, no solo la protección de la libertad, sino la defensa de las instituciones clave sobre las que se asienta el orden social, lo que incluye necesariamente la promoción de una cierta idea de virtud pública. La posición libertaria a lo que conduce es a la atomización social y a la disolución de aquellos valores que son indispensables para la cohesión y la supervivencia de la comunidad. 

El libertarismo, en definitiva, es una ideología disolvente cuya marca es la destrucción y la subversión perpetua, todo lo contario del conservadurismo, que es el pensamiento armonizador e integrador por excelencia. El libertario separa, el conservador une. El libertarismo es incapaz de crear una auténtica comunidad de valores donde los hombres puedan realizarse íntegramente conforme a su naturaleza. El libertario, al final, no es más que un excéntrico, un inadaptado que quiere imponer a los demás el desorden imperante en su cabeza. La prudencia y el sentido común aconsejan alejarse de este tipo de individuos. 

Comentarios

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  2. Así es. Debemos purgar de libertarios la derecha para construir un proyecto nacional-conservador que de verdad sepa plantar cara a la hegemonía cultural de la izquierda.

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