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Mostrando entradas de octubre, 2020

Vamos a ganar

La hegemonía progre se ha instalado en nuestras sociedades occidentales con tanta naturalidad que hoy muchos ven difícil, cuando no imposible, una reacción. Hay varias tendencias que aparentemente apoyan esta idea y nos permiten predecir un largo reinado de la ideología progre. En primer lugar, en la mayoría de países se tiende a constatar que los jóvenes están más contaminados por los antivalores modernos que sus mayores, y bajo el supuesto de que mantendrán la misma cosmovisión al envejecer, eso tendría hondas implicaciones para la sociología nacional. En segundo lugar, la secularización sigue avanzando y nuestras sociedades son cada vez menos cristianas. Dado que tradicionalmente el cristianismo ha sido el freno de las políticas progres, lo lógico es pensar que si decae estas políticas se intensificarán. Finalmente, el multiculturalismo supone una erosión progresiva de la cultura occidental y favorece que los partidos progres se mantengan en el poder mediante una pintoresca alianza

Contra los libertarios

Debido a las dinámicas propias de la Guerra Fría, nos hemos habituado a definir la oposición entre izquierdas y derechas por referencia a la economía. La derecha representaría, entonces, la confianza en el libre mercado y en el capitalismo, frente al socialismo de la izquierda. Ya hemos dicho en anteriores ocasiones que esta es una dicotomía simplista, dado que el conservadurismo, aunque opuesto al socialismo, no puede reducirse a una mera defensa del liberalismo económico e incluso en muchos casos puede ser contrario a este. Pero la mitología del "mercado" ha pervivido y se resiste a desaparecer, y uno de sus resultados es la gran complacencia con la que muchos derechistas contemplan al liberalismo libertario, considerándolo un aliado en la lucha contra la izquierda, o a lo sumo como un compañero de viaje quizá algo radical y extraviado.  Por este motivo, no es raro que muchos jóvenes de la derecha española comiencen sus primeras andaduras políticas como libertarios, enemigo

Un país fallido

La reciente pandemia me ha convencido de algo que llevaba un tiempo meditando: España es un país fallido. Esto no debe entenderse como un lamento derrotista al estilo de los de la Generación del 98, sino como la simple constatación de la situación existente. No tengo ningún interés en resucitar la nefasta fracasología que durante tantas décadas minó el orgullo nacional de los españoles; antes al contrario, considero que es precisamente en momentos de zozobra cuando se abren las ocasiones más propicias para el restablecimiento de la gloria patria.  Todo depende, por supuesto, de que diagnostiquemos correctamente las causas de la enfermedad. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que España es un país fallido? Para empezar, no debemos entender esto en un sentido limitado a la labor (desastrosa) del actual gobierno de España. Creo que pocas dudas puede haber a estas alturas de la catástrofe que este ha supuesto para nuestro país, en todos los frentes, y en el caso de aquellos que aún no lo