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El antiliberalismo burgués

A nadie se le escapa que hoy las posiciones de conservadores y liberales están cada vez más alejadas e incluso enfrentadas en no pocos de sus principios fundamentales. El nuevo conservadurismo, cada vez más crítico con unas ideas liberales que antes se consideraban indiscutibles (el fundamentalismo de mercado, la hiperglobalización, la separación entre lo público y lo privado, la neutralidad moral del Estado, etc.), se asemeja al hijo rebelde que abandona la casa paterna, llena de seguridad y complacencia, para entregarse a la búsqueda de la aventura y el riesgo en horizontes desconocidos.

No es solo una metáfora: tal es en buena medida la situación de muchos jóvenes que, encuadrados en lo que genéricamente se ha considerado la "derecha", hemos realizado un viaje intelectual desde el viejo fusionismo que pretendía aunar a Dios y al mercado hacia unas posiciones que certeramente se han descrito como "postliberales", porque, sin caer en utopías antiliberales del pasado, ya desacreditadas, rechazamos resueltamente un sistema de pensamiento que se nos antoja estéril y superado. El nuevo conservadurismo (o nacional-conservadurismo, como se ha venido a denominar) busca, así, un horizonte diferente al que el mundo liberal economicista, relativista y despolitizado nos ofrece, trascendiendo este último y pensando en términos diferentes a los dualismos clásicos de Estado vs. mercado, colectivo vs. individuo, etc. 

Esta es la aspiración. Y no obstante, en mi experiencia tengo que decir que muchos estamos muy lejos de haberlo conseguido. Observo que, en la práctica, el grito de rebeldía hacia el liberalismo se termina traduciendo en no pocos casos en el retroceso hacia ideologías utópicas cuya conexión con las inquietudes del ciudadano medio es casi inexistente. Y esto es especialmente problemático para nosotros, pues una de las señas de identidad del nacional-conservadurismo es la asunción del populismo como estrategia política y la identificación con el hombre corriente, con la gente trabajadora y de clase media no corrompida por el adoctrinamiento progresista. Como me decían hace poco en redes, y con toda la razón, "el verdadero conservador es el garrulo de pueblo", y nuestra divisa debe ser la búsqueda de soluciones a los problemas de estas personas, tanto en lo espiritual como en lo material.

Me he permitido denominar "antiliberalismo burgués" a la postura de quienes, de forma absolutamente bienintencionada, defienden modelos políticos o económicos que son en sentido estricto antiliberales, y lo hacen además desde una cierta postura acomodada e intelectual que refleja un notable alejamiento respecto a las preocupaciones del hombre de a pie. Estas personas suelen ser jóvenes bien formados que han sentido esa necesidad de rebeldía contra el mundo moderno de la que antes he hablado, y la han canalizado adoptando unos planteamientos que entienden más "tradicionales", pero que realmente solo denotan su posición de élite cultural. 

Mi crítica no debe entenderse como una impugnación de ciertas ideas por el origen social de sus defensores, a la manera del marxismo más burdo. El fenómeno del joven de buena familia que se ve atraído por la reacción, por el tradicionalismo o por la ortodoxia religiosa ha existido siempre, y no tiene necesariamente connotaciones negativas. Yo mismo, como conservador que admira la alta cultura y desprecia el vulgar igualitarismo de nuestro tiempo, no puedo menos que sentirme identificado con estas inquietudes. Sin embargo, el conservadurismo no puede ser solo una estética o un modo de ser personal. Tiene que ser una llamada a la acción, no solo a la reflexión. Debe poder ofrecer soluciones a los problemas prácticos de nuestra era, y no solo contentarse con un diagnóstico de las causas de la decadencia espiritual. 

¿Se puede criticar el capitalismo? Se puede y se debe. ¿Se puede decir que hay que mandar a la gente de vuelta al campo a labrar la tierra porque la civilización moderna mata el alma? Esto no pasa de ser un romanticismo absurdo del modo de vida rural, producto de las mentes de quienes desconocen la dureza y las penalidades que históricamente han soportado los campesinos. ¿Se puede estar en contra de la prostitución? Por supuesto. ¿Quién podría estar a favor? ¿Se puede enrocar uno en un discurso moralizante que denigra a las mujeres sometidas a la prostitución pero no plantea alternativas de vida para ellas? Hacerlo solo es recaer en los viejos errores de una derecha vieja que prefería los discursos grandilocuentes a remangarse las manos para ayudar a los que lo necesitaban. 

Con esto quiero decir que si queremos realmente ser disruptivos y superar el marco existente, no podemos construir nuestras teorías como castillos en el aire ajenos a la realidad. Tenemos que ser conscientes de cuáles son los dramas que afectan a nuestro pueblo y actuar en consecuencia. Si nos limitamos a entonar una cantinela moralista sobre lo malos que son el capitalismo desenfrenado, la modernidad y el relativismo, no nos aproximaremos al día a día de muchas personas a las que el sistema actual asfixia. Dejemos de ser tan exageradamente burgueses y elitistas y bajemos al barro a dar la pelea por nuestra patria. 

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