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Más allá del liberalismo

En un momento en el que el "liberalismo" parece ser el tótem al que casi toda la derecha española rinde pleitesía y todo el mundo se declara liberal con más fervor que nunca y con más ánimo exclusivista contra los "falsos liberales", no está de más refrescar la eterna cuestión, siempre disputada, de las relaciones del conservadurismo con el liberalismo. Hace ya tiempo que ofrecí un resumen de mi posición (aquí). Sin embargo, nuevas lecturas, reflexiones y debates me han llevado a reexaminar el tema. En concreto, la lectura del magnífico artículo What is Conservatism? de Yoram Hazony y Ofir Haivry, publicado hace pocos años en American Affairs, ha supuesto un antes y un después en mi concepción del conservadurismo.

Hazony y Haivry son dos figuras eminentes del nuevo movimiento nacional-conservador que ha trastocado el universo intelectual de la derecha en Estados Unidos. A diferencia de otros provocadores en cuyo haber solo podemos contar el hacer rabiar puntualmente a la progresía mediante el uso de memes e insultos racistas, estos profesores se han esforzado por ofrecer una alternativa intelectual sólida a la aplastante hegemonía progresista. Su planteamiento, reflejado en el citado artículo, se basa en superar esa visión simplista compartida por muchos de que el conservadurismo es una especie de sub-escuela dentro del liberalismo, o una versión derechista del mismo. No pocos, tanto en Estados Unidos como en España, comparten esta impresión, y de ahí las críticas furibundas que a muchos nos lanzan cuando nos definimos como conservadores a secas y no como liberal-conservadores, mucho más cuando caracterizamos nuestro proyecto político abiertamente como postliberal. "¡Dictadura!", "¡Autoritarismo!", braman algunos. Otro día hablaremos sobre qué significa exactamente eso de postliberal. Por ahora, centrémonos en deshacer este malentendido que nos condena a los conservadores, como a la filosofía medieval, a ser siervos de los liberales.

Liberalism Needs the Nation

Hay que empezar por recordar que el conservadurismo, como se ha repetido hasta la saciedad, no es una ideología, sino una actitud política basada en la prudencia, el realismo y el valor de la experiencia histórica. Siendo así, el conservador no profesa per se ninguna religión política ni está inexorablemente atado a una determinada constitución o a un concreto modo de organizar el poder. Teniendo esto en cuenta, salta a la vista que lo conservador no puede sin más subsumirse en lo liberal, como tampoco puede hacerlo en el pensamiento político del Antiguo Régimen. El conservadurismo se define, no a base de utopías, sino de principios. Principios del orden social que se consideran necesarios para que toda sociedad, monárquica o democrática, liberal o no, sea justa, sana y ordenada y susceptible de perdurar en el tiempo.

Frente al conservadurismo entendido así, ¿cómo definiríamos el liberalismo? El liberalismo es la filosofía política que coloca la libertad individual como el fin político más alto. Todo el Estado debe estar organizado de tal modo que permita la máxima expresión de la libertad individual. Lógicamente, el liberal no es un anarquista: sabe que la libertad precisa de límites y precisa de un poder político que la garantice. El moderno anarcocapitalismo, aparte de ser una utopía de las más pobremente elaboradas, es lo menos liberal que hay. No obstante, no perdamos de vista lo que hemos señalado al principio: la libertad individual es para el liberal el fin político superior. El liberal tenderá a favorecer la expansión de la libertad y la relajación de sus límites siempre que sea posible. Los límites de la libertad siempre serán para él mínimos y en caso de duda la libertad debe prevalecer. Señaladamente, para el liberal la moral social no debe suponer obstáculos a la libertad. El liberal contempla con rechazo o con recelo los intentos de limitar la libertad individual sobre la base de las convicciones morales prevalentes en la sociedad y sobre nociones como el orden público, la seguridad nacional, etc. En general el liberal suele entender los límites a la libertad como límites derivados de los derechos de terceros.

Pero además, el liberalismo no es simplemente un marco político que garantice la libertad individual. Es mucho más, y con su evolución histórica se ha ido demostrando. Comentemos dos puntos clave que separan al liberal del conservador. El liberalismo no tiene por qué ser antirreligioso, y de hecho eminentes liberales han consagrado la religión como un elemento de cohesión social y política. Pero la evolución del pensamiento liberal parece dejar claro que tales concesiones eran simplemente fruto de las circunstancias de la época y del pragmatismo político. En puridad, el liberalismo deja poco espacio a una concepción del Estado en la que la religión desempeñe un papel relevante. No me refiero solo a la confesionalidad, sino a todo el entramado de normas por las cuales los Estados, aun laicos, han ido protegiendo y privilegiando a determinadas instituciones religiosas por su relevancia social fundamental. Todo ello queda fuera, desde el punto de vista de la teoría pura, del liberalismo estricto. En este, la religión se reduce a un derecho del individuo a la libertad religiosa, y las iglesias son asociaciones como cualesquiera otras. La religión deviene un fenómeno eminentemente privado cuyo condicionamiento de las políticas públicas se vuelve imposible.

El segundo punto al que me quería referir es la cuestión nacional. El liberal tiende al internacionalismo por la propia lógica de sus planteamientos. Pues es propio del liberalismo entender al individuo como el sujeto del mayor valor, y a los colectivos como un producto de la libre asociación de los individuos. Pareciera entonces que el liberalismo podría cuestionar la existencia de las patrias y los Estados y las obligaciones para con ellos. En la experiencia histórica, no ha sido así, y ello no se debió solo a una cuestión de pragmatismo, sino a que en un principio esta faceta individualista e internacionalista del liberalismo no había echado aún raíces en una Europa aún apegada a las tradiciones locales. Así, la nación y el Estado fueron instrumentos poderosos para apuntalar el liberalismo. Sin embargo, en términos intelectuales, la evolución ya podía discernirse. Si la patria únicamente es una forma de defender la libertad individual, ¿por qué ser patriota en una nación donde dicha libertad está ausente? De ahí la justificación del derecho de secesión, más tarde transformado en "autodeterminación". Y de ahí el invento más reciente del patriotismo "constitucional". La patria se ve reducida a la constitución política, la cual es entendida no como el nexo que une una generación con la siguiente transmitiendo un caudal político de valor incalculable, sino como un mero equilibrio de fuerzas que puede cambiar en cualquier momento en función de las mayorías legislativas. Por ello, hoy en día el seño distintivo del liberal es potenciar toda forma de integración regional y mundial bajo la divisa de que todos somos "ciudadanos del mundo" (lo que quiera que eso signifique).

Las diferencias en el ámbito económico son también notables. Al respecto no repetiré lo que ya he comentado alguna vez sobre el nacional-conservadurismo y la economía (aquí). Me limitaré a destacar que, a pesar de los dramáticos efectos de la crisis financiera mundial de 2008, el grueso de los liberales siguen prisioneros de un fundamentalismo de mercado absurdo que los lleva incluso a calificar como "falangista" o "lepenista" la propuesta de cierto partido político español de crear... ¡un sindicato! Detrás de esto no hay sino una visión idealizada del capitalismo en la que cualquier intervención estatal es vista con sospecha, cuando no con abierto rechazo. Esto se complementa con un proceso de creciente asunción del economicismo más burdo por parte de los llamados liberales, en especial por los más "derechistas". Lo económico se convierte, no en un elemento más de la salud de una sociedad, sino en el criterio decisivo que determina el buen gobierno y hasta la jerarquía vital de valores. No pocos se siguen diciendo cristianos, pero su religión ya es la de Mammon, no la de Cristo.

Frente a estas posturas liberales, ¿cuál es la propuesta del conservador? No son sino las opuestas.

Frente a la idolatría de la libertad individual, el conservador entiende que la libertad es sin duda un valor importante, pero no el único, y que no debe prevalecer siempre y en todo caso. Lo propio del conservador es conciliar la libertad y el orden, y para el conservador los derechos individuales nunca son absolutos, sino que están sometidos a restricciones derivadas de la propia configuración de la sociedad política y de principios alternativos también dignos de protección. Entre estos se encuentra también la moral social, por lo que el conservador nunca sostendrá una separación tajante como la que se desprende del planteamiento liberal.

Frente al relegamiento de la religión al ámbito privado que pregona el liberal, el conservador sabe que la fe no es simplemente una convicción individual que sea intercambiable por cualquier otra o por una gorra de Nike. La religión es un elemento de cohesión social y de apuntalamiento del régimen político, y condiciona los juicios morales y la visión antropológica de la que parten los legisladores a la hora de regular instituciones sociales básicas como la familia o el matrimonio. La llamada "religión privada" no es sino la consagración del indiferentismo y, en última instancia, del ateísmo, como acertadamente denunciaron eximios pontífices del pasado como Pío IX y León XIII. El conservador no debe, sin embargo, defender necesariamente la confesionalidad estatal, que no es sino un modelo más de las relaciones Iglesia-Estado. Y es evidente, por otro lado, que no todos los vicios deben perseguirse mediante la coacción pública. Pero la moral cristiana sí debe permear todos los ámbitos de la sociedad, y la política no es una excepción.

Frente al cosmopolitismo liberal, el conservador sabe que el "ciudadano del mundo" no lo es de ninguna parte. El conservador sabe que es en la comunidad donde se forjan los lazos de pertenencia y donde es posible alcanzar un orden social sano y virtuoso. En una organización política meramente jurídica, carente de tradiciones y de arraigo, ese sentimiento comunitario se pierde y se atrofia. Por eso el conservador será reticente a la cesión de la soberanía nacional en favor de instituciones supranacionales cuya conexión con los intereses de sus pueblos es a veces sumamente difícil de comprender, y que con frecuencia pretenden implantar agendas de ingeniería social frontalmente contrarias a la moral tradicional. El conservador no dejará de fustigar por el mismo motivo a aquellas élites que, rendidas al mantra del cosmopolitismo, pregonan el fin de las fronteras y el multiculturalismo indiscriminado y tachan a los que se oponen a estos como catetos de pueblo.

Finalmente, de más está decir que la economía no es, para el conservador, el bien político supremo ni el criterio al cual todo debe subordinarse. Alejado de cualquier economicismo y de toda idolatría del mercado, el conservador defenderá un sistema equilibrado que, sobre la base de la libertad de empresa, proporcione prosperidad y servicios de calidad para todos. Eso incluye necesariamente la intervención estatal como forma de corregir fallos de mercado y de avanzar los intereses nacionales. En este sentido, las crecientes críticas por parte de los conservadores a un capitalismo exacerbado ayuno de cualquier tipo de valores espirituales y que se reduce al business as usual representa una tendencia muy positiva que indica que, felizmente, estamos en proceso de corregir el enfermo economicismo de las últimas décadas.

No me resisto aquí a citar, como conclusión de mi artículo, esta reflexión del gran Christopher Lasch, que nos advirtió persistentemente contra todos los peligros del liberalismo:

"The value of conservatism lies in the understanding that those who seek to escape the past forfeit any hope of coming to terms with it and expose themselves to an unexpected return of the repressed; that we can never wholly overcome our origins; and that freedom, accordingly, begins with an acknowledgment of the constraints within which it has to operate." (Conservatism Against Itself, First Things, Abril 1990).

Amén a estas palabras. Esta es la verdadera naturaleza del conservadurismo: un pensamiento sobre los límites. No caigamos en ninguna idolatría, ni siquiera en la de la "libertad".

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