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Richard Nixon, estadista conservador

Una de las cosas que más me sorprende de los disturbios violentos que se llevan produciendo en Estados Unidos desde hace varias semanas es la anestesia a la que las sociedades europeas han sido sometidas para bloquear cualquier tipo de análisis crítico de la situación. A cualquiera que se le pregunte sobre las causas de tantos incidentes responderá, probablemente, justificando la violencia de los "manifestantes" en nombre de la lucha "antirracista", o a lo sumo dirá que si bien la violencia no le parece correcta, sí hay que abordar el problema que supone el racismo "estructural" en la sociedad americana. La expresión más extrema de esta tendencia es el movimiento dirigido a retirar (en muchas ocasiones, derribando por la fuerza) las estatuas y monumentos erigidos en honor de grandes personajes de nuestra historia que hoy resultan incómodos para el consenso progre, desde George Washington a Cristóbal Colón. 

¿Cuál fue mi respuesta a estos desbarres? En el llamado blackout day, donde se suponía que todos debíamos dejar nuestra pantalla en negro en Instagram en reconocimiento de nuestro racismo, yo subí una imagen recordando al antiguo presidente de Estados Unidos, Richard M. Nixon, y su célebre llamada a la "mayoría silenciosa". No fue una elección arbitraria. Nixon debe ser uno de los estadistas conservadores de referencia para nuestro tiempo. 

Hace 107 años nació Richard Nixon

Reivindicar a "Tricky Dicky" desde una perspectiva conservadora puede parecer absurdo a primera vista. ¿Acaso no fue en política práctica más bien un centrista, un moderado que bloqueó el ascenso de Ronald Reagan, el verdadero conservador? ¿No está su legado irremisiblemente manchado por el escándalo Watergate? Para responder a estas críticas debemos lanzar una mirada al hombre y su trayectoria.

Richard Milhous Nixon nació en una familia muy humilde, y su ascenso social se apoyó en sus cualidades para la abogacía y en su servicio militar destacado durante la Segunda Guerra Mundial. Su implicación en las campañas del Partido Republicano le llevó a servir en el Congreso y a ser elegido, a sus 39 años, como el candidato a vicepresidente en el ticket encabezado por el prestigioso general Dwight D. Eisenhower. No fueron años agradables para Nixon. Su cargo era meramente honorífico, y las burlas y humillaciones fueron frecuentes. Su derrota en las presidenciales frente a un joven y telegénico John F. Kennedy en 1960, junto con un nuevo revés en las elecciones a gobernador de California en 1962, parecieron poner fin a su carrera política. Sin embargo, en una epopeya de las más épicas de la historia política estadounidense (el greatest comeback, como lo definió su asesor en esos años Patrick J. Buchanan), Nixon consiguió, poco a poco, recomponer su base de apoyos y postularse como candidato presidencial seis años después, en 1968, derrotando al demócrata Hubert Humphrey y elevándose al fin a lo más alto del poder.

A diferencia de Reagan y de otros políticos del campo conservador, Nixon no tenía una ideología política perfectamente delineada, lo que explica que buena parte de la derecha americana actual tenga reparos a tomarlo como referente, dado el fervor suscitado desde los años 80 por un conservadurismo más asertivo y combativo. A mi juicio, sin embargo, la aparente falta de principios de Nixon lo que reflejaba era ni más ni menos que su profundo sentido del realismo y de la prudencia. Receloso de las utopías y sabedor de que toda ideología se acaba fundando en un planteamiento simplista sobre la naturaleza humana, Nixon no se plegó a una determinada categoría de políticas económicas y sociales, sino que actuó de forma pragmática, interpretando las necesidades de la sociedad americana en cada momento, solo con el bien común como meta. Y es precisamente este enfoque el que a mi juicio lo hace plenamente actual y recuperable, no solo en el ámbito americano, sino en todo Occidente. Pues Nixon sí era en realidad, en cuanto a sus inclinaciones, un conservador, pero lo que le diferenciaba del conservadurismo que más tarde llegó a dominar el discurso político en Estados Unidos fue su falta de alergia al Estado. Para Nixon, el poder púbico podía y debía emplearse al servicio de fines socialmente conservadores, fines que redundarían en una sociedad más libre, próspera y justa. 

Commander Richard M. Nixon, USNR

De esta manera podemos entender los tres ejes principales de la política de Nixon. El primero, un pragmatismo económico que, sobre la base del respeto a la libre empresa, no excluía una acción directa del Estado en beneficio de los más desfavorecidos. El segundo, una visión firme y sólida del orden como requisito indispensable para la cohesión de la sociedad americana. Nixon siempre fue el candidato de la ley y el orden, el abanderado de la seguridad y la estabilidad. Frente a unas clases adineradas que se mostraban incapaces de contener a sus vástagos revolucionarios, cuyas algaradas violentas rezumaban antiamericanismo, anticapitalismo y degeneración moral, Nixon se alzó como el representante y la voz de la mayoría silenciosa, del americano corriente, de todos esos millones de ciudadanos pacíficos y trabajadores que solo deseaban seguir contribuyendo a su comunidad con sus familias sin miedo a que aquellos radicales destruyeran su estilo de vida. El tercero, una política exterior prudente inspirada en el realismo político, a cuyo amparo se gestionaron tanto la apertura a China como la intervención en Chile. 

Suena muy trumpista, desde luego. Y sin embargo hay una diferencia crucial, pues Nixon sí alcanzó su objetivo de unir bajo su figura a esa mayoría social reacia a los cambios y recelosa de los ideólogos. Fue una de las primeras veces en las que el grueso del pueblo, conservador y sensato, detuvo los avances de una élite corrupta que se había rendido a ideas destructivas. Eso es lo que necesitamos hoy. Necesitamos líderes capaces de construir una mayoría amplia, que representen al ciudadano medio en contra de los desbarres progresistas producto de una intelectualidad corrompida. "Tricky Dicky", tan ridiculizado como fue en su vida, nos aporta un magnífico ejemplo de cuál debe ser la política conservadora del futuro. 

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