Ir al contenido principal

¿Patriota y de izquierdas?

¿Puede existir un patriotismo vinculado a ideologías políticas de izquierda? La pregunta ha ocupado las mentes de buena parte de la intelectualidad española, y especialmente de aquellos obsesionados por liquidar la enfermiza colaboración del grueso de la izquierda con el nacionalismo periférico en nuestro país desde la Transición. Sin embargo, a pesar del esfuerzo e ímpetu mostrados, la realidad es que el llamado espacio de la "izquierda españolista" nunca cosechó unos resultados significativos. Tanto UPyD como Ciudadanos, los dos partidos más potentes surgidos a partir de este espectro, han terminado fracasando en su intento de ser alternativa a la izquierda y derecha tradicionales. Pudiera parecer que este es un caso típicamente español, pero la reticencia de la izquierda a agitar la bandera del país es legendaria en la mayoría de Occidente, o al menos casi siempre se ha hecho con menos entusiasmo y convicción que la derecha. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es incompatible ser patriota y ser de izquierdas? A mi entender, debemos buscar una respuesta genérica, lejos de las peculiaridades de cada pueblo. 

Conviene señalar, en primer lugar, que por "izquierda" entendemos a estos efectos la izquierda moderada socialdemócrata o socioliberal que existe en la actualidad, o a lo sumo desde mediados del siglo pasado. Analizar el patriotismo de los comunistas o el de la izquierda identitaria posmoderna me parece estéril y carente de interés. A mi entender, los comunistas son por definición anti-nacionales: únicamente reconocerían lealtad al Estado proletario, a la sociedad sin clases. Frente a la sociedad existente solo mostrarían una oposición enconada e invencible. Algo parecido le sucede a la izquierda de las "gafas moradas". Si sostenemos que la sociedad se funda en opresiones sistémicas, ningún tipo de patriotismo es posible. Solo cabe la lucha entre grupos con el fin último de acabar con el grupo opresor. 

Centrémonos, por tanto, en la izquierda socialdemócrata. A este respecto, uno de los trabajos más interesantes de los últimos años que intentan recuperar el patriotismo para la izquierda es el libro del profesor Maurizio Viroli Por amor a la patria, publicado en español por la editorial Deusto. Me parece oportuno comentar esta obra porque a mi juicio refleja a la perfección todas las dificultades y tensiones para sostener un patriotismo de izquierdas que sea coherente y eficaz. 

ENTREVISTA CON MAURIZIO VIROLI EN TORNO A SU OBRA “POR AMOR A LA ...

La propuesta de Viroli consiste en reivindicar y adaptar el patriotismo republicano surgido en la Antigüedad y reformulado por los autores renacentistas italianos. Siguiendo una tradición académica sólidamente asentada, Viroli distingue el nacionalismo cívico y el étnico. Descarta el segundo como intrínsecamente violento y exclusivista. La búsqueda de una unidad cultural, étnica o religiosa se compadecería mal con la naturaleza pluralista de las sociedades modernas y debe, en consecuencia, rechazarse. Pero Viroli, sintiéndose incómodo por el uso del término "nacionalismo" debido a sus connotaciones históricas, opta por desecharlo en beneficio del "patriotismo", que para él sería equivalente a defender la virtud cívica, la libertad y el bien común de la patria. El patriotismo tendría, pues, un carácter invariablemente político y se identificaría con la defensa de un espíritu público que asegurara la libertad de los ciudadanos en tanto miembros de la comunidad. 

Para valorar la propuesta de Viroli es imprescindible considerar cuáles son sus inquietudes y los objetivos que persigue con su propuesta. El profesor italiano se encuentra preocupado por el auge en Occidente de un nacionalismo que a él le parece peligroso y que está muy asociado a la derecha. Al mismo tiempo, es consciente de que el internacionalismo y la aspiración a un patriotismo basado exclusivamente en principios filosóficos universales son quimeras, pues toda persona pertenece a una comunidad política concreta desde su nacimiento, con la que crea unos lazos difíciles de romper. Su búsqueda de una alternativa que permita movilizar a los ciudadanos frente a ese nacionalismo excluyente es lo que le conduce a reivindicar el patriotismo republicano como la mejor opción para ello. 

¿Tendrá éxito la propuesta de Viroli? A pesar de su persuasiva argumentación y el recorrido histórico tan completo en el que nos sumerge, mucho que temo que caerá en el olvido. ¿Por qué? Analicemos. 

Hay que comenzar reconociendo a Viroli sus aciertos. Para mí es obvio que el nacionalismo extremo del siglo XIX, basado en la búsqueda de una unidad espiritual de la nación, es una fantasía irrealizable y peligrosa. Se trata de una construcción que, como señala Viroli, es antipolítica y se basa en un ideal de homogeneidad que es incompatible, no ya con la sociedad moderna, sino con toda sociedad extensa y desarrollada. La nación no puede ser una tribu. Decir que el negro, el que habla otra lengua o el católico no son ciudadanos, por ejemplo, es inhumano e insostenible. Coincido con Viroli, por lo tanto, en que el patriotismo tiene que ser necesariamente político. Ahora bien, ¿cómo entiende lo político Viroli? He aquí el núcleo de mi primera crítica a su alternativa. 

En su libro, Viroli no desarrolla en ningún momento su idea de lo que constituye el fundamento de la comunidad política, más allá de una revisión del pensamiento de los autores clásicos e ilustrados. No obstante, fiel a su tradición de izquierdas, Viroli vincula su patriotismo con movimientos políticos definidos por la lucha contra un gobierno opresivo o una invasión extranjera. De este modo tiene éxito al dotarlo de una dimensión proactiva susceptible de movilizar a las masas, pero, debemos preguntarnos, ¿en qué dirección? ¿Toda rebelión contra el orden existente es digna de imitar? ¿Los catalanes que defienden su independencia sobre la base de que se les priva de su "libertad", están oprimidos? En ausencia de un firme concepto de lo político que distinga nítidamente entre el régimen legítimo y la tiranía, Viroli es incapaz de distinguir entre una lucha por la libertad y la mera anarquía. Esta debilidad también condiciona la propia utilidad de la propuesta de Viroli para mantener la cohesión de la patria. ¿Puede un grupo de ciudadanos separarse y formar una entidad política independiente? Si no, ¿por qué no? Y si la respuesta es sí, ¿qué utilidad tiene este concepto de patriotismo? En realidad, lo que Viroli parece obviar es que la libertad sin orden es una quimera. La libertad no es un estadio natural del hombre, sino un desarrollo civilizatorio construido a partir de formas más elevadas de orden y de prosperidad. La unidad de la patria, su cohesión interna, no son fruto de la libertad. Al contrario: son sus presupuestos. Un "patriotismo" basado en la subversión permanente, será de izquierdas, sin duda, pero es del todo ineficaz. 

Mi segunda crítica al planteamiento de Viroli se refiere a la actualidad de su propuesta. ¿Tiene sentido recuperar hoy la virtud cívica republicana de Florencia o de la antigua Roma? A mi entender, la crítica de Montesquieu a las repúblicas clásicas sigue siendo válida, y más en nuestra época. El orden político de las ciudades italianas o de Atenas resulta inaplicable a civilizaciones extensas, a sociedades cuyos límites territoriales no permiten una identificación perfecta de todos los ciudadanos. Pese a lo que argumenta Viroli, lo cierto es que el modelo que él ansía fue un modelo tan exclusivista como los demás, como han puesto de manifiesto autores como Leo Strauss. La libertad de los antiguos, señaló Constant, no es idéntica a la libertad de los modernos. El concepto de nación elaborado por el liberalismo clásico y que está en el origen del Estado-nación moderno no precisa de una noción de virtud cívica tan profunda como la que Viroli parece desear, y de hecho, los planteamientos modernos más cercanos a esta concepción no parecen haber sido muy amantes de la libertad, como en el caso de los jacobinos franceses. 

Finalmente, que la cultura no sea el fundamento de la lealtad a la patria no implica que en la práctica no la condicione y en algunos casos suponga una incompatibilidad manifiesta. Pues el orden político no nace en el vacío: nace en una civilización concreta basada en determinados valores. ¿Es la constitución política inseparable de una cierta concepción de lo bueno? Si lo es, deberemos rechazar las influencias foráneas que puedan minar los valores subyacentes a nuestras instituciones. Tal problemática se expresa en toda su crudeza en el debate sobre la inmigración. ¿Podemos admitir a todos los inmigrantes? Obviamente, el respeto a la ley debe ser un límite infranqueable, pero ¿es lo único a tener en consideración? ¿Todas las culturas son igualmente aptas para una constitución libre y para el orden social que le sirve de sustento? Viroli no entra en esta discusión, pero parece dar a entender, por la semejanza de su propuesta con el patriotismo constitucional de Habermas, que no se trata de una cuestión demasiado relevante. Me veo obligado a discrepar de él en esto. 

En definitiva, ¿es posible un patriotismo de izquierdas? Visto lo visto, parece que seguirá siendo una cuestión disputada y que los partidarios de dicha compatibilidad tienen un arduo camino por delante. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Contra los libertarios

Debido a las dinámicas propias de la Guerra Fría, nos hemos habituado a definir la oposición entre izquierdas y derechas por referencia a la economía. La derecha representaría, entonces, la confianza en el libre mercado y en el capitalismo, frente al socialismo de la izquierda. Ya hemos dicho en anteriores ocasiones que esta es una dicotomía simplista, dado que el conservadurismo, aunque opuesto al socialismo, no puede reducirse a una mera defensa del liberalismo económico e incluso en muchos casos puede ser contrario a este. Pero la mitología del "mercado" ha pervivido y se resiste a desaparecer, y uno de sus resultados es la gran complacencia con la que muchos derechistas contemplan al liberalismo libertario, considerándolo un aliado en la lucha contra la izquierda, o a lo sumo como un compañero de viaje quizá algo radical y extraviado.  Por este motivo, no es raro que muchos jóvenes de la derecha española comiencen sus primeras andaduras políticas como libertarios, enemigo

Más allá del liberalismo

En un momento en el que el "liberalismo" parece ser el tótem al que casi toda la derecha española rinde pleitesía y todo el mundo se declara liberal con más fervor que nunca y con más ánimo exclusivista contra los "falsos liberales", no está de más refrescar la eterna cuestión, siempre disputada, de las relaciones del conservadurismo con el liberalismo. Hace ya tiempo que ofrecí un resumen de mi posición ( aquí ). Sin embargo, nuevas lecturas, reflexiones y debates me han llevado a reexaminar el tema. En concreto, la lectura del magnífico artículo What is Conservatism? de Yoram Hazony y Ofir Haivry, publicado hace pocos años en American Affairs , ha supuesto un antes y un después en mi concepción del conservadurismo. Hazony y Haivry son dos figuras eminentes del nuevo movimiento nacional-conservador que ha trastocado el universo intelectual de la derecha en Estados Unidos. A diferencia de otros provocadores en cuyo haber solo podemos contar el hacer rabiar pun

Vamos a ganar

La hegemonía progre se ha instalado en nuestras sociedades occidentales con tanta naturalidad que hoy muchos ven difícil, cuando no imposible, una reacción. Hay varias tendencias que aparentemente apoyan esta idea y nos permiten predecir un largo reinado de la ideología progre. En primer lugar, en la mayoría de países se tiende a constatar que los jóvenes están más contaminados por los antivalores modernos que sus mayores, y bajo el supuesto de que mantendrán la misma cosmovisión al envejecer, eso tendría hondas implicaciones para la sociología nacional. En segundo lugar, la secularización sigue avanzando y nuestras sociedades son cada vez menos cristianas. Dado que tradicionalmente el cristianismo ha sido el freno de las políticas progres, lo lógico es pensar que si decae estas políticas se intensificarán. Finalmente, el multiculturalismo supone una erosión progresiva de la cultura occidental y favorece que los partidos progres se mantengan en el poder mediante una pintoresca alianza