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¿Hasta cuándo nos tolerarán?

La agresión que ha sufrido la diputada de Vox Rocío de Meer en la localidad vasca de Sestao no suscitará enérgicas condenas por parte de la izquierda gobernante, ni mucho menos por sus totalitarios compañeros de viaje. Pero tampoco debería sorprendernos a ninguno. Estamos de sobra acostumbrados a la práctica de la violencia callejera en contra de los partidos de derecha en España, y en algunas regiones del país se ha convertido en algo endémico.

La escoria que perpetra estos actos suele bramar en su defensa que "al fascismo no se le discute, se le combate", u otros mantras de idéntica sutileza y elaboración teórica. Pero los progres, verdaderos cerebros detrás de esta mascarada, tienen una justificación más chic para ello. Entre ellos se ha puesto de moda desde hace unos años la llamada "paradoja de la tolerancia" que supuestamente habría sido formulada por el filósofo Karl Popper. Según la narrativa progre, lo que la paradoja nos enseñaría es que una sociedad tolerante no puede tolerar a los "intolerantes", porque se destruiría a sí misma.

Karl Popper y la sociedad abierta | Wall Street International Magazine

No es necesario entrar en una crítica profunda de los sofismas subyacentes a esta idea, ni tampoco tiene sentido discutir qué quiso decir realmente Popper en este punto. En realidad, a los progres no les importa nada Popper ni el significado correcto de tal "paradoja", la cual no es más que un intento de revestir con apariencia de intelectualidad el que siempre ha sido el credo progre en la materia. A saber: que la derecha es por definición franquista, machista, homófoba, racista y heteropatriarcal (y me dejo otros tantos epítetos), y por tanto no debe ser tolerada ni cabe llegar a entendimientos con ella. 

¿Toca ahora defender el impecable historial democrático de la derecha y tachar a los contrarios de ser los verdaderos "fascistas", como hace buena parte de la grey intelectual del "centro reformista"? No. A mi entender, es una batalla perdida. La de los progres es una política de identidad frente a la cual no cabe argumentación de ningún tipo. Los progres consecuentes jamás van a dejarse convencer por ninguna razón que les den los "fachas" de que sí, de que son buenos demócratas que respetan a todos y que hay que tolerarlos. No, discutir con los progres no tiene sentido. La tarea que incumbe a los conservadores es determinar qué alternativas de respuesta tenemos ante la violencia implacable a la que estamos sujetos. 

A mi juicio, solo son posibles dos opciones: la opción que yo denominaría liberal y la que entiendo que es la genuina opción conservadora. 

La opción liberal se basa en reclamar protección frente a los abusos de los progres sobre la base de la libertad y los derechos individuales, poniendo en evidencia el modo en el que estos actos de violencia contradicen los principios más elementales de toda sociedad democrática. Es la opción que mayoritariamente está siguiendo la derecha española (bueno, la derecha que piensa...). Identificar como totalitarios y enemigos de la libertad a los actores políticos que promueven o justifican esta violencia y reafirmar la defensa de la constitución y el estado de derecho. Suena bien, ¿no? Pero no es oro todo lo que reluce. Esta postura presenta inconvenientes importantes. 

Para empezar, es una estrategia meramente defensiva, limitada a reaccionar ante las acciones de los contrarios, pero no plantea una alternativa sólida para derrotarles, fuera de una genérica invocación al marco constitucional. Sin embargo, aunque la violencia política auspiciada por los progres quede, obviamente, fuera de la constitución, la apelación a esta no es suficiente. Los motivos son dos: primero, el marco constitucional español siempre ha sido muy discutido por la extrema izquierda, y desde hace tiempo lo es también por la izquierda en general. Segundo, los progres son expertos en retorcer la letra de la constitución para hacer encajar sus programas de ingeniería social, y no hay ninguna razón por la que podamos descartar una evolución del constitucionalismo que, inspirada por la llamada "lucha contra la discriminación", termine limitando los derechos individuales o cercenándolos por completo en la medida en la que colisionen con el ideal emancipador progre. Lo que los progres están implementando, repitámoslo, es una política de identidad, dirigida a borrar del mapa todo rastro de lo que alguna vez fue la civilización occidental. ¿Es serio creer que van a detenerse ante meros escrúpulos constitucionalistas? Claro que no. La historia nos demuestra que, contra una mayoría implacable que avance fanatizada hacia unos objetivos, no hay leyes que valgan.

No obstante, hay que señalar que la estrategia liberal sí es correcta en el corto y medio plazo. Su carácter defensivo es ineludible hoy, dado que los conservadores nos encontramos en clara desventaja en esta lucha. Somos una minoría social, y no contamos con ningún resorte de poder que podamos utilizar para avanzar nuestra causa. En tales condiciones, es inevitable recurrir a tácticas defensivas para evitar que nos aniquilen. Hasta ahí, la opción liberal cumple su función. Pero idealmente debería tratarse de una mera fase transitoria hasta que un refuerzo social de nuestras ideas permita defender una posición genuinamente conservadora. 

¿Cuál sería esta posición? Pues sería la que históricamente han defendido los conservadores eminentes de todas las épocas, desde Disraeli hasta Cánovas, desde Adenauer a De Gaulle. A saber: que toda sociedad civilizada necesita de unas instituciones básicas que, enraizadas en la tradición nacional, permitan la cohesión de la comunidad y la búsqueda del bien común. Desde esta óptica, lo progre no es rechazable únicamente por la restricción de libertades que implica, sino sobre todo por su carácter disolvente de las virtudes y la moral. Una política realmente conservadora, lejos de limitarse a reclamar libertad en nombre del pluralismo, proclamaría la necesidad de actuar en defensa de estas tradiciones e instituciones indispensables, desincentivando y, según los casos, penalizando los comportamientos contrarios a ellas. A lo que el conservador debe aspirar en última instancia es a la demolición de todo el sistema de ingeniería social levantado por los progres y a la restauración del orden natural que los progres intentan derribar. La única cuestión que debería ocupar nuestras mentes al respecto es si el constitucionalismo moderno, bajo la presión del progresismo internacional, no habrá degenerado irreversiblemente hasta el punto de que sea muy complicado reorientarlo hacia parámetros conservadores. Pero sobre esta incógnita trataremos en otra ocasión. 

Entre tanto, dejemos por favor de justificarnos ante quienes quieren expulsarnos de las instituciones, de la cultura y de la sociedad, y empecemos a definir nuestra estrategia de respuesta. Porque de momento aún podemos (con límites y según dónde...) decir libremente lo que pensamos, pero ¿hasta cuándo nos tolerarán?

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