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El conservadurismo de Margaret Thatcher

Margaret Thatcher (1925-2013) ha sido indiscutiblemente la política británica más influyente de la segunda mitad del siglo pasado. Su legado, sin embargo, ha sido objeto de una incesante controversia que continúa en la actualidad. Por un lado, la izquierda la convirtió desde un principio en el Diablo personificado. Se la acusaba de ser una de las principales promotoras del "neoliberalismo", ese simpático palabro cuyo significado nunca llegó a esclarecerse y que pese a ello se convirtió durante décadas en el mantra arrojadizo clave de la progresía. Los liberales, por su parte, hicieron un mito de la Dama de Hierro, elogiando sus esfuerzos por liberalizar la economía británica y su discurso de frontal oposición al socialismo. Aún hoy persiste un notable culto a Thatcher en los ambientes menos intelectualmente refinados del liberalismo, los más cercanos al libertarismo, aunque en estos incluso se tiene a Thatcher en ocasiones por demasiado moderada e incluso "estatista".

La estatua de Margaret Thatcher no estará cerca del Parlamento ...

En todo caso, pocas dudas puede haber de que el legado económico de Thatcher ha eclipsado con mucho los aspectos sociales y morales de su política. Tal es la razón de que en los círculos conservadores la cotización de la Dama de Hierro haya experimentado cambios notables. De una casi adoración inicial hemos pasado en la actualidad en algunos sectores a una cierta indiferencia e incluso un calculado recelo. No pocos tories de pura cepa consideran que Thatcher fue, en última instancia, más liberal que conservadora, y que su impacto fue más duradero en el ámbito de las finanzas que en el de la familia, en el que sus políticas pudieron hasta tener consecuencias negativas. Se cita en este sentido el ejemplo de las familias obreras del Norte de Inglaterra, cuya imposibilidad de adaptarse a los vaivenes del mercado arrojó a muchas a la dependencia de los subsidios públicos. 

Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿tiene el thatcherismo un legado aprovechable para el conservador de hoy? ¿O se trata de una etapa que hay que dejar necesariamente atrás? La respuesta será, como es lógico, matizada, y para ello debemos comprender las razones del auge de Thatcher y lo que la Dama de Hierro supuso para Gran Bretaña y para todo Occidente. 

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Partido Laborista obtuvo un sólido triunfo en las elecciones de 1945, el espectro político británico se había ido moviendo invariablemente hacia la izquierda, sobre todo en el ámbito económico. Aunque los conservadores habían ganado la mayoría de los comicios entre 1945 y 1979, lo habían hecho en buena medida asumiendo lo esencial del programa laborista: nacionalización de industrias clave, elevado gasto público, control de precios y política monetaria expansiva e inflacionaria. Estas políticas habían propiciado un lento pero imparable declive de la economía británica respecto a sus vecinos, que no se manifestó en toda su intensidad hasta la crisis de los años 70. Durante este período los tories se habían negado a proponer una alternativa clara, y Enoch Powell, el único parlamentario que había manifestado su apoyo a unas políticas más liberales, acabó siendo vergonzosamente purgado. 

Ahora sería fácil evaluar la situación y concluir que el gobierno de Thatcher se excedió y que debió implementar sus reformas con un mayor consenso social y, sobre todo, previendo alternativas para mantener la cohesión de aquellas comunidades más afectadas por sus medidas. Esto es cierto y yo lo comparto en gran parte. Mas lo que es indudable es que las políticas de Thatcher fueron indispensables para revertir una decadencia que había convertido al Reino Unido en el "enfermo de Europa". El control de la inflación fue esencial para evitar el colapso del sistema monetario. La privatización permitió el surgimiento de nuevas industrias competitivas y alivió la carga que suponía aquel Estado elefantiásico. La desregulación fomentó la creación de empleo y la actividad empresarial. A Thatcher le faltó, ciertamente, la sensibilidad social que un tory sensato habría tenido, una carencia que hoy es de lamentar. No se puede olvidar, no obstante, la amenaza que suponía el socialismo en los años 80, no solo en el Reino Unido, sino en todo el mundo. La firmeza de Thatcher en los últimos años de la Guerra Fría fue clave, como ha apuntado John O'Sullivan, para la caída del Telón de Acero y el colapso de la URSS.

Sin embargo, más allá de lo económico, entiendo que es esencial recuperar el discurso moral del thatcherismo. Este nunca fue solo, como a veces se simplifica, un planteamiento centrado en la economía. Al contrario: el discurso de Thatcher siempre enfatizó las cuestiones morales como indispensables en una sociedad próspera y ordenada, y su proyecto hay que entenderlo a la luz de la hegemonía cultural izquierdista que había comenzado a fraguarse desde aquel Mayo francés. Tanto Nigel Lawson como Norman Tebbit han destacado la profunda impronta moral del thatcherismo, que oponía, frente a la contracultura progresista del desenfreno y el libertinaje, el austero puritanismo victoriano. Y es que, históricamente, la moral estricta basada en el trabajo duro, el ahorro y la disciplina no fue promocionada por los aristócratas, que más bien preferían el lujo y los placeres de la vida, sino por la clase media, los profesionales, comerciantes y trabajadores que sostenían la economía del país. Tales fueron los apoyos sociales de William Gladstone, el gran líder liberal del siglo XIX, cuya defensa de la libertad de mercado era inseparable del puritanismo personal del que siempre hizo gala. La defensa de Thatcher del individuo, sus elogios a la actividad creadora de los empresarios, etc., no pueden entenderse fuera de este rígido marco de reglas morales que para ella, por su educación, era incuestionable.

Podríamos ir más lejos e incluso afirmar que el thatcherismo, lejos de ser un burdo ultraliberalismo, fue una propuesta de regeneración moral de la nación británica. Y no nos alejaríamos de la verdad, pues ello nos permite conectar con otro elemento fundamental del discurso de la Dama de Hierro: su acendrado patriotismo y su defensa de los intereses nacionales por encima de todo. Su intervención decisiva en la Guerra de las Malvinas y su oposición al centralismo de la burocracia europea dan buena cuenta de ello. Incluso algunos críticos de su gobierno han identificado en ello un componente populista, lo cual, felizmente, nos da la razón a quienes defendemos la actualidad de su legado.

El thatcherismo, en definitiva, no es reducible al liberalismo económico ni mucho menos es libertarismo. Lo que defendió la Dama de Hierro fue una economía libre en el marco de una sociedad conservadora y patriota. Jamás habría aprobado Thatcher la prostitución, las drogas, la promoción de los estilos de vida "alternativos", los desbarres del feminismo y de la ideología de género y el multiculturalismo ridículo de los que se dicen "ciudadanos del mundo". El moderno nacional-conservadurismo debe, sin duda, rectificar los excesos del discurso económico liberal a través de un intervencionismo estratégico orientado a un capitalismo del bien común. Sin embargo, el conservadurismo social de Thatcher es recuperable en su integridad y hoy su importancia es aún mayor, si cabe. Frente a los acomodados que se amparan en el capitalismo y en la libertad para justificar su miseria moral, rescatemos aquellos valores victorianos de la clase media, aquellos valores de austeridad, esfuerzo y autocontrol sin los cuales la libertad degenera en mera licencia y el liberalismo en fundamentalismo de mercado. 

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