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¿Liberalismo? Sí, pero no

El conservadurismo, tal y como han puesto de manifiesto autores como Russell Kirk o Michael Oakeshott, no es una ideología. No posee un conjunto de dogmas cuya aplicación indiscriminada garantizaría el cielo en la tierra. Se trata, más bien, de una actitud ante la vida, un planteamiento realista y no utópico sobre la naturaleza humana y sus potencialidades. El enemigo eterno del conservador siempre es el radical o el revolucionario, es decir, el que pretende subvertir la totalidad del orden existente para adecuarlo a su particular modelo mental. Por la misma razón el conservador también se encuentra en pugna con el reaccionario, como ya analicé aquí

Teniendo en cuenta esto, no sorprende que haya habido tanta confusión y tantos malentendidos en el tratamiento de la relación entre conservadurismo y liberalismo. Hay quienes no hacen distinciones entre ambos y los agrupan con trazo grueso dentro del bloque "burgués", "derechista" o "fascista", según el grado de radicalismo marxista de quien lo exprese. Y, no obstante, este criterio no se puede rechazar a la ligera, pues es cierto que desde finales del siglo XIX y principios del XX los partidos conservadores y liberales europeos se encontraron en una oposición común a la revolución socialista, lo que los llevó a una cierta cooperación. En nuestros días, sin embargo, es más frecuente presentar conservadurismo y liberalismo como dos opuestos irreconciliables, de manera que una etiqueta como liberal-conservador sería un oxímoron. Esta es la postura de los libertarios, que desde hace décadas pretenden erigirse en los guardianes de la ortodoxia liberal excomulgando a los disidentes. Sin embargo, aunque este relato también encierre una parte de verdad, es igualmente simplista e inexacto.

Ha sido el recientemente fallecido Sir Roger Scruton, posiblemente el filósofo conservador más importante de nuestro tiempo, el que mejor ha definido el carácter de esta ambigua relación entre lo conservador y lo liberal. Según Scruton, el conservadurismo surge en la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX como respuesta frente a los excesos de las revoluciones liberales de 1776 y 1789. El liberalismo proclamaba la inviolabilidad de los derechos del individuo y el gobierno representativo, y venía a trastocar el panorama político de una Europa aún sumergida en el Antiguo Régimen. Como alternativa, el liberalismo tenía evidentes bondades, pero la evolución política de la Francia revolucionaria evidenció que existían lagunas dentro de su discurso que podían incluso legitimar una nueva tiranía más despiadada que la de cualquier monarca. En este contexto, el conservadurismo emerge, de la pluma de Edmund Burke en Gran Bretaña y de los autores federalistas en Estados Unidos, como un intento de salvar los cambios positivos que trae el liberalismo, al tiempo que se lo despoja de cualquier veleidad utópica y revolucionaria, para lo cual resulta indispensable el mantenimiento de algunos elementos políticos y sociales del régimen antiguo. Así, el conservadurismo vendría a ser una rectificación moderada del liberalismo, un "sí, pero no" que implica la aceptación de todos los beneficios de las nuevas ideas y el rechazo de sus excesos. 

De lo sublime y de lo bello | Crítica La oscuridad acotada

El siglo XIX es una crónica admirable de los esfuerzos de los estadistas conservadores para, según una expresión muy en boga en la época, conciliar la libertad con el orden. En Francia, el doctrinarismo de Guizot, que halló en Tocqueville acaso su portavoz más elocuente, defendió una monarquía constitucional mesocrática enemiga tanto de la reacción como de los jacobinos. En Gran Bretaña, el moderno Partido Conservador se desprendió del manto del toryismo más reaccionario para abrazar el pensamiento old whig de Edmund Burke, partidario de los cambios prudentes y graduales. En Estados Unidos, el viejo federalismo heredero de Adams, Hamilton y Ames unió fuerzas con los old republicans de John Randolph de Roanoke para defender la constitución de la república americana frente a la creciente amenaza de una presidencia hipertrofiada y un igualitarismo nivelador. 

Mención aparte merece el caso español. Nuestro país se incorporó tempranamente a la revolución liberal con la constitución de 1812, cuyos admirables principios de partida se mostraron insuficientes al pretender edificarse sobre una arquitectura institucional imperfecta e inadecuada a la situación social y a la tradición política de España, como acertadamente señaló el sagaz Jovellanos. Tras la catástrofe de 1814 y el posterior exilio, los más destacados de los liberales doceañistas fueron comprendiendo que el liberalismo solo podía triunfar si abandonaba el radicalismo filosófico estéril y la anárquica querencia por pronunciamientos y juntas y se convertía en una opción conservadora y de orden. Este descubrimiento marcó el nacimiento del Partido Moderado, con Martínez de la Rosa, Toreno y Alcalá Galiano a la cabeza. El moderantismo, la primera tradición española genuinamente conservadora, fue el encargado de consolidar el Estado liberal en España, introduciendo las necesarias reformas sociales y económicas, al tiempo que bloqueaba tanto una miope y reaccionaria vuelta al Antiguo Régimen como todo intento de insurrección revolucionaria. La obra de los moderados, por desgracia incompleta, iba a ser culminada por el mayor estadista español del siglo, Antonio Cánovas del Castillo. 

El conservadurismo, en definitiva, no se identifica con el liberalismo y mantiene una esencia propia y única derivada de su carácter no ideológico y no utópico. Pero no es tampoco antiliberal. El liberalismo, en su versión moderada y de orden, forma parte indiscutible de la tradición política occidental y constituye un legado digno de defender. 

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