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El populismo de derechas

La palabra "populismo", como tantas otras, ha sido maltratada hasta el extremo de perder todo su significado. Los políticos del mainstream la llevan usando desde hace años para demonizar a todas las opciones críticas con el consenso dominante. Al mismo tiempo, resulta evidente que el populismo rectamente entendido es un componente fundamental del discurso político de buena parte de dichas opciones. 

El populismo no es, como torpemente se repite, "proponer soluciones fáciles a problemas complejos". Bajo este significado, todos los políticos serían populistas, pues la retórica demagógica forma parte inseparable del sistema democrático. En las modernas democracias de masas, ¿cómo no esperar discursos simplificados y medias verdades para atraer al votante? Debemos, en consecuencia, rechazar esta acepción. El populismo, en realidad, vendría a ser un modo de hacer política caracterizado por la contraposición entre un idealizado "pueblo" al que se atribuyen todas las virtudes y al que se declara querer defender, y una "élite" malvada a la que hay que combatir. En este sentido, el populismo parecería inevitablemente restringido a opciones políticas de izquierda, porque ¿quiénes han empleado mejor esa retórica que contrapone a "opresores" y "oprimidos"? Pero no es tan sencillo, porque históricamente han existido movimientos populistas de derecha, y hoy día podemos decir sin duda que el populismo de derechas es más potente y eficaz que el de izquierdas. ¿Cómo entender esto? ¿Puede una opción así triunfar en un país como España?

El populismo de derechas en Occidente se ha caracterizado por dar la guerra, tanto en el plano político como en el intelectual, contra el progresismo de izquierdas, al que identifica como la ideología de unas élites cosmopolitas desconectadas de la realidad, en contraposición con un pueblo aún apegado a sus tradiciones. Aunque este retrato es evidentemente una caricatura, no hay duda de que ha sido efectivo. En un contexto de cambios culturales forzosos impuestos por la corrección política, reivindicar realidades naturales como la familia o la dualidad hombre-mujer le sitúa a uno, inevitablemente, en la disidencia. El empeño del progresismo en rediseñar la sociedad a su antojo en todos los sentidos (cultura, sexualidad, inmigración, religión, etc.), acaba provocando una reacción contraria que el populismo de derechas ha sabido aprovechar muy bien. A esto hay que sumar la atención que estos enfoques prestan a los trabajadores y los sectores económicos perjudicados por una globalización económica en muchos casos mal encauzada, y a cuyas demandas las clases dirigentes no han respondido adecuadamente. 

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¿Tiene posibilidades de triunfo una opción populista de derechas en España? A mi entender, tiene más posibilidades que hace unos años, sin duda. Pero aún le queda mucho camino por recorrer y enfrenta obstáculos nada desdeñables. El panorama para un programa de este tipo sigue siendo, a mi juicio, bastante desalentador. 

Para empezar, en España no hay un nacionalismo estatal fuerte. El liberalismo decimonónico lo intentó crear, pero no lo consiguió, al menos no al mismo nivel que en otros países europeos. La historia común, las instituciones básicas del Estado..., siempre han estado muy discutidas en España. Eso explica la enfermiza tolerancia hacia los separatismos regionales, y también permite entender por qué para buena parte de la población la inmigración no es un problema. ¿Cómo preocuparse por el mantenimiento de la cultura propia cuando creemos que no existe tal cultura, o si existe es considerada rancia y retrógrada? En esta debilidad del nacionalismo patrio no podemos olvidar la eterna cobardía de la clase directora, que no se esforzó en nacionalizar a las masas por medio del Estado y permitió las avanzadas regionalistas en aras de su propio interés de clase. La complicidad de la Iglesia Católica es también imposible de soslayar, pues desde los púlpitos siempre se prefirió al católico ortodoxo aunque separatista que al agnóstico respetuoso con la religión y buen español. 

Lo anterior explica que el lenguaje de la lucha por el pueblo haya sido monopolizado en España por la izquierda. Una izquierda, además, mucho más asilvestrada y montaraz que en nuestros vecinos europeos y que, en sus versiones más extremas, no ha dejado nunca de fantasear con la "revolución", las barricadas y el tomar las calles. El odio ancestral al señorito, al cura y al burgués se ha transmutado hoy en el odio al "pijo" y al "facha", pero conserva la misma matriz comunistoide. Esto lo pudimos contemplar perfectamente hace casi cinco años, cuando uno de cada cinco españoles que emitió su voto en las elecciones generales se echó en brazos de un partido dirigido por un líder que se congratulaba de no poder pronunciar la palabra "España". 

Los dos obstáculos al éxito de un partido populista de derechas son, en suma, los que ya identificara don José Ortega y Gasset en su magistral España invertebrada: el particularismo y la acción directa. Su persistencia complica enormemente las posibilidades de victoria de un partido que apele a la rebelión contra el establishment desde una óptica derechista, pues ante la amenaza de las izquierdas, buena parte de las clases medias preferirá una opción más de orden e institucional. Por desgracia, parece ser el sino de España el ir dos pasos por detrás en la evolución histórica. Por más que algunos no lo vean, me inclino a pensar, por el momento, que aquí todavía no han llegado los tiempos de Donald Trump. En muchos sentidos todavía seguimos en los tiempos de Cánovas del Castillo, en esa España anárquica y borracha de revolución que él se esforzó por disciplinar. 

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