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El nacional-conservadurismo (II): La libertad

En mi artículo anterior sobre el nacional-conservadurismo traté de presentar una visión general de las causas que han llevado al surgimiento de este movimiento y de su orientación general. Ahora es momento de ir desarrollando sus principios, tal y como han sido esbozados por sus más destacados portavoces. Aunque el nacional-conservadurismo aún se encuentra en fase de construcción intelectual, sí es posible señalar unos postulados clave que el grueso de sus adherentes suscriben. 

Uno de los grandes temas de debate dentro del movimiento nacional-conservador es la libertad. Esto no debería extrañar, ya que se trata de una cuestión que ha sido objeto de profunda discusión desde el surgimiento del conservadurismo a finales del siglo XVIII como reacción a la revolución francesa. Las sociedades modernas parecen inevitablemente vinculadas a un determinado concepto de libertad, y el liberalismo, entendido en un sentido amplio, parece haberse impuesto como el marco inescapable dentro del cual deben formularse todas las propuestas políticas. No sorprende que la postura crítica de los nacional-conservadores respecto a ciertos axiomas incuestionados de nuestras sociedades de hoy les haya acarreado la acusación de antiliberales. ¿Es así? ¿Pretende el nacional-conservadurismo sustituir los principios liberales por una nueva concepción de lo político? La respuesta, inevitablemente, será matizada.

La relación entre lo conservador y lo liberal no ha sido, pese a lo que la propaganda progresista ha repetido hasta el cansancio, una de oposición enconada. Antes al contrario, el conservadurismo, nítidamente distinto de la postura reaccionaria, surgió como una rectificación de los excesos del liberalismo clásico y como una propuesta de reconciliación del orden con la libertad (ya lo expliqué aquí). Lo que pretendían hombres como Burke, John Adams, Guizot, Disraeli y Cánovas no era dar al traste con todo lo positivo que habían traído las revoluciones liberales y volver a tiempos pretéritos de intolerancia y servidumbre, sino adaptar lo aprovechable del liberalismo a las particularidades de cada sociedad, respetando el orden social y limando toda veleidad utópica y disolvente. 

Parecería, a tenor de lo anterior, que el nacional-conservadurismo sería plenamente compatible con el liberalismo. Sin embargo, no es tan sencillo. Si bien un gran estadista conservador como Cánovas pudo denominar a su partido "liberal-conservador", y aunque Burke siempre se consideró un old whig, la evolución del liberalismo moderno lo ha situado en clara colisión con el conservadurismo. Esto es debido a los presupuestos relativistas de la filosofía moderna, un aspecto largamente tratado y denunciado por pensadores conservadores como Leo Strauss. La enseñanza conservadora clásica entendía la libertad como un bien indudablemente valioso, pero que no constituía un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar la virtud, debiendo por tanto ser compatible con la búsqueda del bien común de la sociedad. El moderno liberalismo, por el contrario, desconoce la existencia de tal bien común y mucho menos admite la subordinación de la libertad a la virtud. La expresión más acabada desde el punto de vista intelectual de este liberalismo de última hornada puede encontrarse en las obras de filósofos como John Rawls, Isaiah Berlin o Ronald Dworkin. Para estos autores el liberalismo no es ya, como lo era para los clásicos, una teoría política, sino una visión antropológica que niega la existencia de una moral objetiva y trascendente y que postula como únicos valores superiores la autonomía del individuo y su emancipación frente a toda "atadura" social. 

Es en este punto donde podemos advertir el abismo que separa la posición nacional-conservadora del liberalismo moderno. Para este último, la religión, la familia, la nación, etc., no son entidades naturales indispensables para el orden social que el Estado debe proteger, sino trabas para el libre desenvolvimiento de los individuos que deben ser combatidas o que, en todo caso, nunca deben tener preferencia sobre los caprichosos deseos y apetitos de cada uno. Nótese, además, que para la visión más, por decirlo así, "socialdemócrata" de este liberalismo, la autonomía y la emancipación no se alcanzan simplemente dejando libres a los individuos para que elijan, sino que es necesaria una intervención activa del Estado para derribar las barreras impuestas por la tradición y "liberarlos". La búsqueda de una libertad mal entendida degenera, entonces, en un estatismo enfermo que no reconoce límites a su poder, como ya denunciara con clarividencia Burke al predecir el Terror jacobino.

Patrick Deneen: "La base de Trump rechaza las caras izquierda y ...

Muy distinta es la postura de los nacional-conservadores, que ha sido recientemente expuesta de un modo magistral por Patrick J. Deneen en su meritoria obra ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Dejemos hablar al propio Deneen:

"El pensamiento político premoderno (...) entendía a la criatura humana como parte de un orden natural más amplio. Se entendía que los hombres poseían un telos, un fin establecido por la naturaleza y por lo tanto inalterable. La naturaleza humana formaba parte de un continuo del mundo natural, de ahí que se requiriese a la humanidad para que fuese conforme con su propia naturaleza y, en un sentido más amplio, con el orden natural del que este formaba parte. Los seres humanos podían actuar contra su propia naturaleza y el orden natural, pero tales acciones los deformaban y atentaban contra el bien de los humanos y del mundo. La Ética a Nicómaco de Aristóteles y la Suma Teológica de Tomás de Aquino constituyen esfuerzos similares para delinear los límites que la naturaleza -la ley natural- impone a los humanos. Ambas persiguen educar al hombre acerca de cómo vivir mejor dentro de esos limites a través de la práctica de las virtudes, para alcanzar la felicidad, la realización de lo humano."

Esta es la posición del conservadurismo clásico, y mutatis mutandis, lo sigue siendo. El nacional-conservadurismo en este punto no es sino la restauración del entendimiento tradicional conservador sobre la sociedad política y su finalidad, de una forma, lógicamente, compatible con todo lo positivo de las libertades modernas y lo que en ellas hay de valor perenne. 

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