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El nacional-conservadurismo (I): La idea

A ningún observador crítico se le escapa que la situación de la derecha occidental es cada vez más precaria e insegura, tanto en el terreno estrictamente político como en el intelectual. La falta de ideas nuevas es clamorosa, y la adhesión de los líderes de los partidos principales a viejas consignas y a consensos caducos dibuja un futuro sombrío tanto en Europa como en Estados Unidos, poniendo en duda la capacidad de nuestras naciones para afrontar los desafíos de hoy. 

A mi juicio, la causa principal de este declive radica en la renuncia absoluta de la derecha mainstream a la batalla cultural y a defender una postura propia en las cuestiones sociales, que han quedado como patrimonio inalienable de la izquierda. Esta renuncia tiene como contrapartida la asunción por parte de la derecha de un economicismo radical para el cual una gestión económica adecuada es el summum bonum de la política. El resultado de este economicismo ha sido una indiferencia total ante las consecuencias de una aplicación indiscriminada de los preceptos liberales, que parecen haberse convertido en la única bandera por la que la derecha está dispuesta a dar cierta (que tampoco demasiada) batalla. 

Los frutos de este nefasto enfoque los tenemos ante nosotros. Vemos cómo los partidos de la derecha se rinden ante cualquier moda posmoderna promovida por la izquierda, desde el feminismo radical que cuestiona las garantías básicas del Estado de Derecho en nombre de la lucha contra una quimérica "opresión" de las mujeres, hasta la ideología de género que se pretende imponer en las escuelas para prevenir supuestas discriminaciones nunca claramente especificadas, junto con tantas otras cuestiones que ya han quedado fuera del debate público por considerarse "superadas" (habría que preguntar por quién). Simultáneamente, se cierran los ojos ante la evidencia de los problemas que generan un capitalismo y una globalización no adecuadamente encauzados. La presión migratoria y la desaparición o merma de sectores económicos enteros son buena muestra de ello. Incluso en algunos casos la derecha intenta "paliar" su abandono de los temas sociales proponiendo un enfoque abiertamente economicista de los mismos, lo que podemos ver por ejemplo en los debates sobre la gestación subrogada, la prostitución o las drogas. 

La crisis de los partidos tradicionales de la derecha tiene como correspondencia el auge de nuevos partidos que compiten por su mismo espacio y que han sido en general demonizados por el grueso de los medios como "ultraderecha", "populismo", "nacional-populismo", "derecha alternativa", etc. Lo cierto es que, en puridad, no se puede establecer una equivalencia exacta entre todos estos partidos. Si bien todos comparten un rechazo ante el consenso dominante en Occidente, del que participa la derecha mainstream, difieren en sus orígenes, sus diagnósticos y sus soluciones. Solo con ello advertimos lo absurdo de englobarlos a todos en un mismo grupo o de, como suelen hacer muchos de sus seguidores, alabarlos a todos indistintamente como la heroica resistencia al "sistema". 

Pero la reacción frente al derrumbe de los viejos partidos no ha sido solo política. En el ámbito intelectual también viene produciéndose desde hace años, sobre todo en Estados Unidos, un interesante debate sobre el futuro del conservadurismo en nuestro tiempo. La discusión enfrentaría, por un lado, a los partidarios del antiguo fusionismo de Buckley y National Review, encarnado en la presidencia de Ronald Reagan, frente a una variedad de nuevos enfoques que enfatizan las contradicciones y tensiones entre el conservadurismo y un liberalismo económico irrestricto. La alternativa más seria que ha emergido de estas nuevas perspectivas es el llamado national conservatism, propuesto por la Edmund Burke Foundation que dirige Yoram Hazony y que ha encontrado portavoces destacados en el filosófo Patrick J. Deneen, el editor de la revista First Things R. R. Reno o el periodista Tucker Carlson. 

National conservatism is coming for Washington | Financial Times

El nacional-conservadurismo ha sido ridiculizado a veces en las publicaciones de la izquierda como un mero intento de dar respetabilidad intelectual a las políticas de la administración Trump. Sin embargo, aunque el fenómeno trumpista ha puesto de manifiesto las debilidades del conservadurismo tradicional americano, los desafíos a los que el nacional-conservadurismo trata de dar respuesta son comunes a todos los países de Occidente. De ahí la aproximación de la fundación de Hazony a algunas de las figuras más destacadas de las nuevas derechas europeas, cuyo fruto hemos podido contemplar recientemente en la conferencia celebrada en Roma, en la que, desde diferentes puntos de partida pero bajo la misma consigna común de God, Honor, Country, han unido fuerzas los representantes de la vieja derecha liberal-conservadora anticomunista de la Guerra Fría con personalidades emergentes del nuevo temperamento patriótico como Marion Maréchal, Giorgia Meloni o Viktor Orbán. 

Aún es pronto para enjuiciar las posibilidades y el futuro del nacional-conservadurismo, pues en gran parte carece de un ideario definido en muchos aspectos. Mi propósito en esta serie de artículos será aportar mi punto de vista para, en la medida en la que pueda, reflexionar sobre el desarrollo de esta nueva corriente que tantos saludamos con esperanza e ilusión tras años de oscuridad y postración. 

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