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¿Conservador o reaccionario?

La defensa del conservadurismo en las sociedades occidentales de hoy inevitablemente lo coloca a uno en una posición de disidencia política y cultural. Después de todo, el progresismo de izquierda se ha adueñado de la mayoría de los espacios intelectuales y ha consolidado su hegemonía a través de un conjunto de clichés que todos los partidos en mayor o menor medida aceptan. Teniendo en cuenta que el conservadurismo suele ser descrito como una actitud favorable a lo establecido y a la preservación de lo existente, ¿en qué medida podemos llamarnos conservadores en un contexto en el que cada vez hay menos cosas valiosas que conservar?

Esta es la razón por la que muchas personas ubicadas en lo que genéricamente se entiende por "la derecha" se han deslizado hacia posiciones más radicales y militantes en contra del establishment progresista, incluso adoptando con orgullo la etiqueta de "reaccionarios". En esto paradójicamente coinciden con la propia izquierda, que regularmente suele despachar lo conservador como algo retrógrado, autoritario y reducible a la mera defensa de los privilegios de ciertos grupos. Esa es la postura de propagandistas del sistema como Corey Robin, que en su libro La mente reaccionaria agrupa, sin la menor vergüenza ni rigor intelectual, a figuras como Edmund Burke, Friedrich Nietzsche, Carl Schmitt y Friedrich Hayek dentro del bando "reaccionario" en el que (¡por supuesto!) también se encuadraría Donald Trump. 

El argumento a favor de la postura reaccionaria es muy simple. Si el conservador busca conservar lo existente, en la actualidad eso solo redundaría en beneficio del progresismo. Si, por el contrario, queremos derrocar la hegemonía izquierdista y restablecer el orden natural, tendríamos que ir más allá y acabar con el sistema. El reaccionario, que rechaza lo establecido en favor de un ideal del pasado, tendría todas las de ganar en esta coyuntura. 

Prescindiendo de la cuestión de si realmente no queda nada que conservar en nuestras sociedades, el talón de Aquiles del argumento reaccionario lo expresó magistralmente Samuel P. Huntington en su artículo Conservatism as an Ideology, publicado en 1957. Huntington discutía en este escrito diferentes criterios para caracterizar el conservadurismo y ofrecía la clave para distinguirlo de la posición reaccionaria. Lo característico del reaccionario sería, así, la adhesión a un determinado modelo de sociedad que (con mayor o menor exactitud histórica) se entiende realizado en algún momento del pasado y destruido por la "revolución". Pero, según Huntington, esta oposición entre la reacción y la revolución sería solo aparente, porque el reaccionario, en última instancia, guardaría muchas similitudes con el radical. 

Samuel P. Huntington y la diferencia entre los regímenes y los ...

En efecto, tanto el radical como el reaccionario subordinan la realidad a sus principios particulares y entienden que todo sistema que no se adecue a su estrecho ideal es rechazable y debe ser combatido. Pudiera parecer que el reaccionario está más cercano al conservador por el hecho de defender algo que ya existió, mientras que el radical simplemente construye castillos en el aire. Pero, como explica Huntington, el reaccionario no defiende en puridad el pasado, sino solo su idea de este, una idea en muchos casos engañosa o directamente falsa. A medida que el reaccionario se distancia temporalmente del momento histórico en el que existió la sociedad dorada que dice querer restaurar, más probable es que dicha restauración se base en una pura idealización sin fundamento real. 

El reaccionario, entonces, no defendería realmente "la vuelta al pasado". Eso solo sería cierto en el caso de aquellos que pretendieran restaurar el mundo que conocieron, el mundo tal y como lo recibieron. El ejemplo más claro de esto sería el de los reaccionarios franceses de principios del siglo XIX. Figuras como De Maistre, Bonald, Chateaubriand, etc., pretendían liquidar la obra de la revolución francesa y volver a la monarquía que conocieron y que aún después de la revolución conservaba no pocas energías y fuerza social. Pero, ¿qué decir de los "reaccionarios" de hoy? Obviamente, ninguno de ellos tiene experiencia de las sociedades que falsamente mitifica e idealiza. En el fondo, el reaccionario, movido por el odio a lo existente, acaba siendo tan perjudicial para los valores que dice defender como el más radical de los progresistas, pues en su extremismo debilita la unidad de las fuerzas contrarrevolucionarias y galvaniza a sus oponentes.

No, no debemos ser reaccionarios. Debemos ser conservadores. A la revolución no se la derrota enarbolando consignas caducas y proponiendo modelos sin arraigo social, sino uniendo bajo una misma bandera a todas las fuerzas de orden, a todos los que carecen del idealismo restaurador de los reaccionarios pero sienten la espada del progresismo pender sobre sus cabezas. Tal es la tarea que históricamente ha correspondido al conservador. 

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