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Charles Maurras, conservador atípico

Quizá no haya muestra más clara de la degradación en la que ha caído la civilización europea que el escándalo suscitado en Francia por la inclusión de Charles Maurras en el libro de las conmemoraciones nacionales de 2018, cuando se cumplían 150 años del nacimiento del pensador provenzal. La controversia que se desató y que terminó con la retirada de su nombre solo puede ser descrita como un ejemplo de terrorismo intelectual. El precio que se paga hoy por ofender las sensibilidades progresistas parece ser no otro que el oprobio y el destierro. 

Maurras ha sido descrito como un ultranacionalista, de extrema derecha, contrarrevolucionario y antisemita, además de colaborador de los nazis. En todas estas invectivas hay cierta parte de verdad. Pero Maurras fue mucho más. Si el provenzal hubiera sido un mero divulgador de la "conspiración judeo-masónica", un virulento racista sin remedio, su figura y su pensamiento carecerían de todo interés y merecerían el olvido más oscuro. No es el caso. Pese a los elementos más controvertidos de su obra, Maurras fue el gran renovador del conservadurismo galo de principios del siglo XX, y su influencia trascendió ampliamente los estrechos límites de la llamada "extrema derecha" para alcanzar también a futuros democristianos como Maritain o al mismísimo De Gaulle. 

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La originalidad de Maurras radica, no tanto en sus planteamientos políticos concretos, sino en el marco general de su pensamiento. Situado en un principio en la órbita de la derecha monárquica irredenta, enemiga irreconciliable de la Tercera República, y partidario del general Boulanger, Maurras pronto se desligó del mero reaccionarismo que caracterizaba a las élites monárquicas, dedicándose a edificar todo un sistema filosófico que permitiera combinar la defensa de principios tradicionalmente conservadores con las condiciones de la sociedad moderna. En efecto, en la Francia de la Belle Époque, de fin de siècle, la vieja legitimación teológica del orden político había cedido bajo la presión de la eclosión de la ciencia y la tecnología modernas y su corolario intelectual, el positivismo cientificista. Pero el positivismo no tenía necesariamente implicaciones revolucionarias, y la expansión científica no llevaba consigo el socialismo. Antes al contrario: en el sistema maurrasiano, el orden social conservador se revestía de un ropaje positivista, presentándose como el resultado inevitable de la naturaleza de las cosas. 

En nuestros días, la decadencia intelectual no solo no se ha revertido sino que se ha ahondado, con las ideologías posmodernas reemplazando al viejo positivismo como los planteamientos de moda. A cualquiera que sepa hablar de colectivos oprimidos, de identidades en conflicto y de desigualdades estructurales se le otorgará un halo de respetabilidad en el debate público. En este contexto, desempolvar la obra maurrasiana es esencial. Al contrario que algunos que juzgan su pensamiento como anacrónico, estimo que Maurras aún tiene mucho que enseñarnos a los conservadores de hoy. 

En primer lugar, para contrarrestar el craso igualitarismo que nos asola y que se nos vende como una verdad evidente por sí misma. Las demandas de igualdad nunca han sido más populares y constituyen el tótem infalible que todo grupo en busca de privilegios debe exhibir para que se atiendan sus demandas. Pero no se trata, como en el pasado, de una razonable y civilizada igualdad ante la ley, sino de la búsqueda de una intervención estatal masiva en aras de corregir las supuestas "opresiones sistémicas" que encierra nuestra sociedad. Muchos se oponen a estas políticas desde el liberalismo aduciendo razones de libertad. Es un error. El progresismo no debe rechazarse porque limite mis egoístas apetitos particulares. Esta es una línea de defensa muerta propia de derrotistas que solo aspiran a que no les expropien su chalé y que a lo sumo esperan mantener el derecho de mandar a sus hijos a una escuela privada, mientras a los hijos de los demás se les adoctrina en la ideología de género en el sistema público. No: la defensa correcta no es esa. El progresismo debe ser combatido porque se basa en una falsa antropología, en una concepción del hombre falsa y contraria al orden natural de las cosas. Lo que el verdadero conservador debe hacer no es limitarse a defender su castillo privado, sino luchar por la derogación de todas las medidas de ingeniería social progresista y la restauración íntegra del orden natural y de las instituciones que le son propias; señaladamente, la familia, que ha sido la que más ha sufrido este desguace. En esto, los argumentos de Maurras a favor de las jerarquías naturales y las unidades sociales primordiales y en contra del estatismo nivelador vuelven a ser aplicables. 

En segundo lugar, porque el corolario inevitable de la subversión artística es la subversión política. No se puede extirpar la locura revolucionaria si no se revierten las tendencias disolventes en el arte y en la cultura. Maurras fue un crítico implacable del romanticismo y de toda forma de irracionalismo, extravagancia o emotivismo artísticos, y un partidario incondicional del retorno a la majestuosidad y sobriedad de las formas clásicas. Y es que, tanto ayer como hoy, el clasicismo es la marca indeleble de una personalidad verdaderamente aristocrática. Por el contrario, ¿qué queda de este temple en el grueso del arte, la literatura y la música modernos? Con honrosas excepciones, el subjetivismo y la búsqueda de la excitación y la gratificación inmediatas han continuado sus estragos. Reivindicar el núcleo clásico de la cultura europea deviene, por lo tanto, imprescindible si queremos impedir su disolución. 

En tercer lugar, como antídoto frente al individualismo libertario. Como ponía de manifiesto Maurras, toda persona nace en una familia y en una sociedad política determinada, y merced a estos vínculos recibe amplios beneficios sin que en ello medie en nada su voluntad. Frente a la negación del moderno libertario de las obligaciones para con la patria, el conservador siempre defenderá que somos enanos a hombros de gigantes, y que el llamado "ciudadano del mundo" no lo es en realidad de ninguna parte. Maurras fue un nacionalista francés con todo lo que ello implicaba en su época, es cierto, pero el suyo no fue un nacionalismo étnico völkisch ni un estatismo jacobino, sino una profunda defensa de la comunidad política natural, amenazada tanto por el individualismo liberal como por el socialismo. El conservadurismo de hoy debe, necesariamente, incorporar un fuerte componente patriota, pues solo el sentimiento de pertenencia nacional puede ser lo bastante poderoso para desideologizar a las masas fanatizadas por el evangelio progresista. La tarea de "nacionalizar" a los españoles vuelve a ser en la actualidad acuciante. 

Finalmente, porque en un contexto de descreimiento religioso generalizado, en el que el ateísmo pasa por lo más cool y la creencia en Dios parece un vestigio de un pasado oscuro, el planteamiento maurrasiano representa una oportunidad de cambiar las tornas. Maurras fue agnóstico toda su vida, y su defensa del catolicismo despojaba al credo romano de buena parte de su dimensión trascendental para convertirlo en una suerte de culto oficial al servicio del orden político y social. Ciertamente, no es una postura ortodoxa ni conforme con el sentido de la fe católica, y por ello no puede ignorarse que la condena papal del grupo de Maurras en 1926 no carecía de argumentos de peso. Pero hoy en día la situación es completamente diferente a la de aquella Francia en la que se llenaban las iglesias cada domingo. Existe un porcentaje significativo de personas que se oponen a las ideologías progresistas, no desde la religión, sino desde una postura personal agnóstica y atea. A estos es preciso integrarlos en el movimiento conservador, y ello solo es posible desde un pensamiento como el de Maurras, que nada nos dice sobre la fe en sí misma, pero que reconoce los indudables beneficios sociales de la religión y de todas las instituciones sociales defendidas por la visión conservadora. 

Marion Maréchal s'aligne sur l'Action française - agauche.org

Por supuesto, nada de lo anterior implica desconocer que hay una gran parte de la obra maurrasiana que ha quedado totalmente desfasada y es por completo rechazable. Su anticuado monarquismo únicamente sirve hoy para una pieza de museo. Sus diatribas antisemitas y su apoyo al régimen de Vichy fueron errores imperdonables que por fortuna han quedado relegados al basurero de la historia. Su pensamiento económico es absolutamente estéril y no aporta nada hoy. Pero, aun con todo, todavía podemos extraer grandes lecciones del escritor provenzal. Leer a Maurras y aprender de él se me antoja un requisito esencial para todo conservador de hoy. 

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