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Alexander Hamilton, nacional-conservador

Alexander Hamilton (1755-1804) siempre me pareció el más singular de los Padres Fundadores de Estados Unidos. El bastardo que no nació en suelo americano, el militar que llegó a ser la mano derecha de George Washington, el autor de El Federalista, el debelador de las masas y principal adversario del radicalismo democrático. Muchas son las caras de la vida de Hamilton, como también son muchos los matices de su pensamiento político. Durante una larga época se le consideró el padre del conservadurismo americano, frente a un Jefferson que encarnaría la democracia pura y el progresismo. A mediados del siglo XX, sin embargo, la reputación de Hamilton entre la derecha declinó debido a su identificación con una visión expansiva del poder federal que se entendió como precursora del New Deal. Con los states' rights consagrados como la bandera común de conservadores y libertarios, Jefferson pasó a ser el héroe de la derecha y Hamilton el enemigo. Incluso alguien tan conservador y tan poco amigo del libertarismo como Russell Kirk compartía este juicio negativo acerca del impacto de Hamilton en la idea progresista de un gobierno federal crecientemente intervencionista. Siguió habiendo hamiltonianos en el movimiento conservador, como Clinton Rossiter, pero la cotización del legendario Secretario del Tesoro había caído de forma irreversible. 

Solo en décadas recientes esta narrativa simplificadora ha ido cediendo gracias a la publicación de importantes obras que han reexaminado la figura y el pensamiento de Hamilton. Aun corriendo el riesgo de pecar de un entusiasmo excesivo, me atrevo a ir más allá de lo que estos nuevos trabajos defienden y avanzar que Hamilton debe ser considerado, no solo como uno de los hombres clave del conservadurismo americano, sino como uno de los precursores del nacional-conservadurismo de hoy, y por ende, de la máxima actualidad. 

Para entender adecuadamente el pensamiento de Hamilton, es necesario señalar que nunca fue un filósofo entregado a la teoría pura. Al contrario, las reflexiones políticas de Hamilton se enmarcan siempre en una coyuntura específica y están encaminadas al logro de una finalidad concreta. No es adecuado, en este sentido, oponer al Hamilton de El Federalista y al Hamilton Secretario del Tesoro, pues no se pueden comparar dos momentos históricos distintos. Al igual que en Burke, en Hamilton la especulación teórica ocupa un lugar secundario en relación a la práctica y la experiencia. Es a las lecciones de la historia, a la sabiduría acumulada del pasado, a las que Hamilton siempre apela para defender sus posiciones, y no a abstracciones como "los derechos del hombre" o "el estado de naturaleza". Esta es la marca característica de los conservadores de todas las épocas. 

11 de enero de 1755: Nace Alexander Hamilton

Hamilton valoraba la libertad, pero no sentía, al contrario que buena parte de sus compatriotas, un entusiasmo desmedido por la misma que le hiciera olvidar lo que Burke y tantos otros ya habían señalado reiteradamente: que la libertad requiere de un marco institucional ordenado y de una autoridad política fuerte para asentarse. Fuera de esos márgenes, la apelación a la libertad se transmuta en mera apología de la licencia, de la anarquía. Su escepticismo respecto al gobierno republicano, su filia hacia la monarquía y hacia la constitución británica, deben entenderse en este contexto. En no poca medida, el rechazo contemporáneo de Hamilton evidencia una evolución de la derecha hacia la deificación de la libertad como un fin en sí mismo, que debe defenderse a toda costa frente a un gobierno siempre opresivo. Hamilton, frente a estas ilusiones libertarias, supo reconocer desde el principio que la consolidación de la independencia americana pasaba por la instauración de un poder federal fuerte y enérgico que contuviera los excesos revolucionarios y restaurara el orden social que la guerra por la independencia había hecho tambalearse. 

Pero el gobierno no tenía una función meramente negativa, de protección de la propiedad y las libertades. Hamilton trascendió este estrecho marco de su época al señalar lo que más tarde se evidenció: que el poder federal podía y debía estar al servicio de la prosperidad general, impulsando el capitalismo y la modernización económica y creando una conciencia nacional. Por muy seductora que a muchos conservadores les haya parecido la utopía agraria jeffersoniana, nunca tuvo la menor posibilidad de perdurar, pues estaba cimentada sobre el pecado histórico de la esclavitud. Una América fundamentalmente agraria y separada por barreras impermeables entre los Estados habría sido una América inestable y empobrecida, presa de la discordia permanente y en desventaja respecto al naciente imperialismo europeo. El programa económico de Hamilton, favorable al capitalismo y al mercado pero no al laissez-faire ni a la inhibición del gobierno, aspiraba a conjugar el interés privado con el bien de toda la sociedad. El libertarismo dogmático que no pocos han comprado como el discurso oficial de la derecha es una aberración sin fundamento y sin apoyo histórico y es tan contrario al conservadurismo como el marxismo. Su visión economicista reduce la comunidad política natural a un mero contrato y las instituciones sociales esenciales a vestigios de opresión. Pese a lo que a veces se afirma, Hamilton nunca hizo del comercio y de los negocios el fundamento último de la sociedad. Esto es una simplificación grotesca. Hamilton nunca habría defendido esos cansados mantras que hoy están tan en boga en ciertos sectores de la derecha: "si no hacen daño a nadie, debe permitirse", "es un contrato libre entre las partes y el Estado no tiene nada que decir", etc. 

La idea de un poder central fuerte y vigoroso y un capitalismo innovador pero moderado por consideraciones de interés general tenía su corolario en la visión hamiltoniana de la nación, que se me antoja muy aprovechable hoy porque supone una superación tanto del egoísmo de grupo como del internacionalismo miope. Hamilton no defendía la centralización porque quisiera aplastar las comunidades locales en favor de un ideal uniformador utópico. La defendía porque era plenamente consciente de los peligros del egoísmo de grupo en un sistema republicano. La propensión humana a excluir al diferente es hasta cierto punto natural, y no hay duda de que toda sociedad política es en este sentido particularista, pero si este identitarismo traspasa unos límites razonables, conduce a la muerte irreversible de la comunidad por degeneración, tal y como el incesto mata la variabilidad genética. No podemos volver, como algunos quisieran, al ideal antiguo de una tribu perfectamente homogénea y con idénticos valores morales. Eso está más cerca del socialismo que del conservadurismo, y obvia todos los progresos que para el orden y la prosperidad ha supuesto la civilización moderna. Naturalmente, el moderno multiculturalismo y la aspiración a un mundo "sin fronteras" son delirios igualmente utópicos y disolventes, y deben combatirse mediante la reivindicación del Estado-nación, el cual, con todos sus defectos, ha sabido conciliar mal que bien el necesario particularismo con el ilusionante universalismo. Un corolario evidente de esta reivindicación es la necesidad de que las naciones occidentales recuperen la búsqueda de la asimilación como objetivo último de toda política de inmigración. La existencia de guetos étnicos o religiosos dentro de un mismo país, que se desenvuelven al margen de las normas comunes, es un peligro que ningún gobierno sensato debe permitir. 

Gobierno fuerte, capitalismo del bien común y patriotismo. Esas son las ideas clave que podemos extraer del pensamiento de Hamilton, y son las que a mi juicio lo convierten, sin duda, en una referencia indiscutible del nacional-conservadurismo que tiene en el restablecimiento de la comunidad política natural su razón de ser. 

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