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Mostrando entradas de mayo, 2020

Alexander Hamilton, nacional-conservador

Alexander Hamilton (1755-1804) siempre me pareció el más singular de los Padres Fundadores de Estados Unidos. El bastardo que no nació en suelo americano, el militar que llegó a ser la mano derecha de George Washington, el autor de El Federalista , el debelador de las masas y principal adversario del radicalismo democrático. Muchas son las caras de la vida de Hamilton, como también son muchos los matices de su pensamiento político. Durante una larga época se le consideró el padre del conservadurismo americano, frente a un Jefferson que encarnaría la democracia pura y el progresismo. A mediados del siglo XX, sin embargo, la reputación de Hamilton entre la derecha declinó debido a su identificación con una visión expansiva del poder federal que se entendió como precursora del New Deal . Con los states' rights consagrados como la bandera común de conservadores y libertarios, Jefferson pasó a ser el héroe de la derecha y Hamilton el enemigo. Incluso alguien tan conservador y tan poco

El nacional-conservadurismo (II): La libertad

En mi  artículo anterior sobre el nacional-conservadurismo traté de presentar una visión general de las causas que han llevado al surgimiento de este movimiento y de su orientación general. Ahora es momento de ir desarrollando sus principios, tal y como han sido esbozados por sus más destacados portavoces. Aunque el nacional-conservadurismo aún se encuentra en fase de construcción intelectual, sí es posible señalar unos postulados clave que el grueso de sus adherentes suscriben.  Uno de los grandes temas de debate dentro del movimiento nacional-conservador es la libertad. Esto no debería extrañar, ya que se trata de una cuestión que ha sido objeto de profunda discusión desde el surgimiento del conservadurismo a finales del siglo XVIII como reacción a la revolución francesa. Las sociedades modernas parecen inevitablemente vinculadas a un determinado concepto de libertad, y el liberalismo, entendido en un sentido amplio, parece haberse impuesto como el marco inescapable dentro del

El populismo de derechas

La palabra "populismo", como tantas otras, ha sido maltratada hasta el extremo de perder todo su significado. Los políticos del mainstream  la llevan usando desde hace años para demonizar a todas las opciones críticas con el consenso dominante. Al mismo tiempo, resulta evidente que el populismo rectamente entendido es un componente fundamental del discurso político de buena parte de dichas opciones.  El populismo no es, como torpemente se repite, "proponer soluciones fáciles a problemas complejos". Bajo este significado, todos los políticos serían populistas, pues la retórica demagógica forma parte inseparable del sistema democrático. En las modernas democracias de masas, ¿cómo no esperar discursos simplificados y medias verdades para atraer al votante? Debemos, en consecuencia, rechazar esta acepción. El populismo, en realidad, vendría a ser un modo de hacer política caracterizado por la contraposición entre un idealizado "pueblo" al que se atribuyen

El nacional-conservadurismo (I): La idea

A ningún observador crítico se le escapa que la situación de la derecha occidental es cada vez más precaria e insegura, tanto en el terreno estrictamente político como en el intelectual. La falta de ideas nuevas es clamorosa, y la adhesión de los líderes de los partidos principales a viejas consignas y a consensos caducos dibuja un futuro sombrío tanto en Europa como en Estados Unidos, poniendo en duda la capacidad de nuestras naciones para afrontar los desafíos de hoy.  A mi juicio, la causa principal de este declive radica en la renuncia absoluta de la derecha mainstream a la batalla cultural y a defender una postura propia en las cuestiones sociales, que han quedado como patrimonio inalienable de la izquierda. Esta renuncia tiene como contrapartida la asunción por parte de la derecha de un economicismo radical para el cual una gestión económica adecuada es el summum bonum de la política. El resultado de este economicismo ha sido una indiferencia total ante las consecuencias de

Ortega, un pensador para la derecha

El modo en el que la derecha española, en general y durante mucho tiempo, se ha desentendido de José Ortega y Gasset siempre me ha sido particularmente incomprensible, en especial en nuestra época, en un contexto de absoluto dominio intelectual izquierdista. Se trata de un recelo, además, compartido por buena parte de las familias de la derecha: desde los cerriles tradicionalistas, pasando por los conservadores y los liberales, hasta llegar a la "derecha" libertina y posmoderna de hoy, son contados los que han tenido la audacia de rescatar al madrileño del desierto árido de la pura especulación filosófica en el que nuestra enseñanza secundaria lo ha confinado, para reivindicarlo como lo que debería ser: el pensador natural de la derecha.  Antes de presentar mi caso a favor de Ortega, hay que dar respuesta a algunos tópicos muy difundidos. En primer lugar, es cierto que Ortega fue en su juventud un intelectual progresista, próximo a la izquierda republicana, y que incluso

Charles Maurras, conservador atípico

Quizá no haya muestra más clara de la degradación en la que ha caído la civilización europea que el escándalo suscitado en Francia por la inclusión de Charles Maurras en el libro de las conmemoraciones nacionales de 2018, cuando se cumplían 150 años del nacimiento del pensador provenzal. La controversia que se desató y que terminó con la retirada de su nombre solo puede ser descrita como un ejemplo de terrorismo intelectual. El precio que se paga hoy por ofender las sensibilidades progresistas parece ser no otro que el oprobio y el destierro.  Maurras ha sido descrito como un ultranacionalista, de extrema derecha, contrarrevolucionario y antisemita, además de colaborador de los nazis. En todas estas invectivas hay cierta parte de verdad. Pero Maurras fue mucho más. Si el provenzal hubiera sido un mero divulgador de la "conspiración judeo-masónica", un virulento racista sin remedio, su figura y su pensamiento carecerían de todo interés y merecerían el olvido más oscuro. N

Siete reglas para sobrevivir a la corrección política

Decir que la libertad de expresión se está viendo gravemente limitada a causa de la presión de lo políticamente correcto es hoy en día una obviedad. Ya no se trata de un debate académico, sino de algo que cualquiera de nosotros puede experimentar en su vida cotidiana. Aquellas extravagantes imágenes que nos llegaban desde el mundo anglosajón, en las que los profesores sancionaban a los alumnos por no usar los pronombres correctos al referirse a según qué personas o por utilizar estereotipos "sexistas", se han vuelto una realidad en nuestra España.  Proliferan por doquier signos de una psicosis social cada vez más grave y encarnizada. Hombres a los que se prohíbe hablar de nada debido a su estatus "privilegiado". Personas que acusan de odio y de discriminación a quienes no desean mantener relaciones sexuales con ellas. Muchos de estos episodios son a veces meras exageraciones producto de las redes sociales que luego apenas encuentran hueco en la realidad. Sin em

La Europa que queremos

Cuando en 1945 Europa Occidental recuperó su libertad tras los años oscuros de la tiranía nacionalsocialista, no era evidente cuál iba a ser el futuro del Viejo Continente. A pesar del entusiasmo por la victoria, sobre los restos del régimen nazi se erguía una amenaza aún más peligrosa que gozaba de un gran apoyo popular. El comunismo internacional, pese a su inicial alianza con Hitler, había conseguido mediante una hábil propaganda presentarse ante muchos como la única alternativa real al nazismo. Gracias al poder militar de la Unión Soviética, los comunistas se hicieron pronto con el control de los países del este de Europa, acabando con las libertades y encarcelando a los verdaderos demócratas que habían combatido contra los nazis. En el oeste, la situación no era mucho más favorable. Los partidos comunistas contaban con un amplio respaldo en Francia y en Italia, y el Partido Socialdemócrata alemán aún no había abandonado sus planes para una socialización total de la producción. Lo

¿Liberalismo? Sí, pero no

El conservadurismo, tal y como han puesto de manifiesto autores como Russell Kirk o Michael Oakeshott, no es una ideología. No posee un conjunto de dogmas cuya aplicación indiscriminada garantizaría el cielo en la tierra. Se trata, más bien, de una actitud ante la vida, un planteamiento realista y no utópico sobre la naturaleza humana y sus potencialidades. El enemigo eterno del conservador siempre es el radical o el revolucionario, es decir, el que pretende subvertir la totalidad del orden existente para adecuarlo a su particular modelo mental. Por la misma razón el conservador también se encuentra en pugna con el reaccionario, como ya analicé aquí .  Teniendo en cuenta esto, no sorprende que haya habido tanta confusión y tantos malentendidos en el tratamiento de la relación entre conservadurismo y liberalismo. Hay quienes no hacen distinciones entre ambos y los agrupan con trazo grueso dentro del bloque "burgués", "derechista" o "fascista", según el

¿Soy antisistema?

En mi  anterior artículo traté las diferencias entre la posición conservadora y la reaccionaria, y por qué la primera es un camino mucho más seguro para detener la barbarie que acompaña a las revoluciones. Hoy quisiera plantear la siguiente cuestión que resuena en las cabezas de muchos derechistas: dado el inapelable dominio del progresismo en todos los ámbitos, ¿es actualmente el conservador, en la práctica, un antisistema? Tradicionalmente este vocablo peyorativo describía a los activistas de extrema izquierda, veteranos de la que los anarquistas llamaron la "acción directa", que en el pasado se traducía en el asesinato de reyes y presidentes y en ataques terroristas, y hoy, más aburguesada para tanto arrojo, se limita a quemar contenedores, destrozar el mobiliario público, amedrentar a políticos (los famosos "escraches"), colapsar las calles o enviar policías al hospital.  Dada la connotación social de todas estas prácticas, no es sorprendente que sea cas

¿Conservador o reaccionario?

La defensa del conservadurismo en las sociedades occidentales de hoy inevitablemente lo coloca a uno en una posición de disidencia política y cultural. Después de todo, el progresismo de izquierda se ha adueñado de la mayoría de los espacios intelectuales y ha consolidado su hegemonía a través de un conjunto de clichés que todos los partidos en mayor o menor medida aceptan. Teniendo en cuenta que el conservadurismo suele ser descrito como una actitud favorable a lo establecido y a la preservación de lo existente, ¿en qué medida podemos llamarnos conservadores en un contexto en el que cada vez hay menos cosas valiosas que conservar? Esta es la razón por la que muchas personas ubicadas en lo que genéricamente se entiende por "la derecha" se han deslizado hacia posiciones más radicales y militantes en contra del establishment progresista, incluso adoptando con orgullo la etiqueta de "reaccionarios". En esto paradójicamente coinciden con la propia izquierda, que r