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Individualismo: el sano y el enfermo

El individualismo campa a sus anchas en la sociedad de hoy, en especial entre los jóvenes, que parecen centrados casi exclusivamente en su propio bienestar y placer, en detrimento de cualquier preocupación comunitaria. Esto, sin embargo, no es incompatible con la adhesión (al menos retórica) a postulados ideológicos de extrema izquierda, tal y como se desprende del análisis del voto electoral por edades. Es esta una postura bastante inconsistente, pues el individualismo parece difícilmente reconciliable con un discurso basado en prometer paguitas para todos. No obstante, es justo decir que también existe un individualismo basado en la tradición política liberal que también cuenta con un cierto predicamento entre un sector de nuestra juventud. 

¿Qué juicio debe merecernos el individualismo? En su ensayo Two types of American individualism, el filósofo conservador Richard M. Weaver establecía una distinción entre dos acepciones de este, basándose en la contraposición de las figuras de Henry David Thoreau y John Randolph de Roanoke.

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Thoreau (1817-1862), escritor y pensador, es el prototipo de autor excéntrico dado a extravagancias que se siente fuera de lugar en una sociedad que estima opresora. Sus posturas políticas oscilaron entre el anarquismo más absoluto y una mera actitud de cuestionamiento moral del poder político. Su idea de la libertad se basaba en la eliminación de todas las cortapisas a la libre expresión de la individualidad, y de ahí su rechazo a las convenciones sociales más básicas y sus amagos de abandonar la civilización por ser inherentemente represiva. Es difícil no reconocer en Thoreau al moderno individualista de hoy, capaz al mismo tiempo de denunciar todas las normas y de disfrutar plácidamente de las comodidades de la vida en sociedad. 

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John Randolph de Roanoke (1773-1833) es una de las figuras políticas más interesantes de los Estados Unidos de principios del siglo XIX. Enemigo de la democracia de masas y de un poder federal crecientemente invasivo, es el conservador por antonomasia. Poco o ningún rastro de autoritarismo puede, sin embargo, detectarse en su pensamiento; al contrario, fue un firme defensor de la libertad. No obstante, y a diferencia de Thoreau, Randolph no estaba cegado por ninguna veleidad utópica en su visión de la naturaleza humana. Sabía, con Aristóteles, que el hombre es un animal político. Las promesas de una sociedad sin Estado, sin gobierno o sin autoridad, solo le inspiraban burla. La única libertad realmente existente, la única susceptible de ser defendida, es aquella compatible con el mantenimiento de las instituciones que hacen la civilización posible: la familia, la iglesia, el municipio, etc. Toda sociedad tiene su orden, sus jerarquías naturales y sus cuerpos intermedios, y sobre este entramado de normas y tradiciones se funda la libertad. 

En suma, para Thoreau la libertad y la individualidad se oponen en última instancia al orden social, mientras que para Randolph este constituye la principal protección de aquellas. Randolph no ignora la necesidad de prevenir las opresiones del poder político, y su dilatada carrera así lo atestigua, pero es consciente de que es falaz la dicotomía absoluta entre orden y libertad. Ambos son necesarios para una sociedad sana, y a la inversa, tan destructiva es la tiranía como la anarquía que algunos hoy en día promueven con la excusa de "reconocer derechos". 

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