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El inevitable populismo

La lucha contra los "populismos" parece ser un distintivo exigible a toda persona decente hoy en día. Algunos incluso añaden "contra los populismos de todo signo", como si hubiera que justificar que uno no apoya a ninguno de los dos "extremos" que, inevitablemente, pareciera que tienen que concurrir siempre en estos casos. Sin embargo, el uso indiscriminado de esta palabra y su desprecio unánime por el consenso biempensante son, no solo equivocados, sino incluso contraproducentes para el objetivo de construir una democracia sana. 

En la actualidad, como ya ocurriera con tantos otros, el abuso en el empleo del término ha conducido a la disolución de su significado. Se suele entender como "proponer medidas irrealizables" o "prometer cosas que no se van a cumplir", o en general, como la tendencia a regalar los oídos al electorado con independencia de la realidad y mediante discursos de trazo grueso que olvidan los matices. Se nos dice, en suma, que en una democracia la gente debería votar con criterio e información veraz y no movida por la propaganda. ¿Pero es eso posible? ¿Existe algún partido que no podría ser tachado de populista con arreglo a este criterio? La historia nos proporciona notables ejemplos de que, sin una cierta dosis de "populismo", ningún partido tiene posibilidades de éxito en una democracia de masas. El triunfo y posterior caída del Partido Federalista en los Estados Unidos constituyen un caso paradigmático a este respecto. 

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La aprobación de la Constitución federal en 1787 constituye el pórtico de la moderna democracia representativa. Los Padres Fundadores de Estados Unidos, pese a ser catalogados habitualmente como revolucionarios, tenían un sentido profundamente conservador de la sociedad y una honda desconfianza hacia la fuerza bruta de la mayoría, por lo que pusieron un gran empeño en diseñar un sistema institucional basado en frenos y contrapesos que conjuraran el poder absoluto de una facción numerosa. El Partido Federalista, con John Adams y Alexander Hamilton a la cabeza, asumió la defensa de esta construcción como su principal objetivo. Sus líderes, en su mayoría producto de una educación liberal clásica, se erigieron en máximos defensores de un ideal de república aristocrática no contaminada por veleidades populistas y dirigida por gobernantes virtuosos orientados al bien común. 

Sin embargo, por beneficiosas que fueran sus propuestas, el discurso elitista de los federalistas no tardó en demostrarse como un inconveniente frente a sus oponentes, los republicanos de Thomas Jefferson, que en poco tiempo lograron presentarse como el partido del "pueblo" y construir una potente organización electoral que les llevó a la victoria en las elecciones presidenciales de 1800. Aunque el federalismo conservaba el apoyo de una parte importante de la población (revelando así que nunca fue realmente un partido de élites), su rechazo visceral a las arengas populares, a la propaganda masiva y a todas las tácticas electorales de un partido moderno los condujo a una irrelevancia creciente y, en última instancia, a su desaparición como alternativa de poder. La muerte prematura en 1808 del que fuera su gran líder en la Cámara de Representantes, Fisher Ames (un hombre honesto que despreciaba el jacobinismo y las revoluciones), puede ser considerada como el epitafio del partido que más contribuyó a conformar las instituciones americanas. 

La lección más importante que podemos extraer de este ejemplo es la necesidad de ser conscientes de la distancia que separa la democracia ideal de la real. Las aspiraciones a un pueblo ilustrado y libre de prejuicios, por nobles que sean, no se corresponden con la realidad, y si los defensores de la libertad no son capaces de presentar una opción capaz de aglutinar el apoyo popular, serán otros los que lo hagan. 

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