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El "antifascismo"

Es muy significativo que, a pesar de la contundente derrota de las Potencias del Eje en 1945 y de la imparable consolidación de la democracia en Occidente, sigan existiendo en Europa y en Estados Unidos numerosos grupos que se denominan a sí mismos "antifascistas". Parece lógico que quien está a favor de la democracia, la libertad y los derechos individuales sea antifascista, pero ¿por qué esa necesidad obsesiva de estos grupos de señalar algo tan obvio? Más aún, ¿contra qué "fascistas" se dirige su actuación política? 

Algún intelectualoide de sobremesa ha intentado justificar a estos "chavales" debido al peligro que representan los grupos de extrema derecha o nazis que aún existen. De hecho, la cobertura que no pocos periódicos dedican a este tema casi sugeriría que nos encontramos en un momento crítico y que los "fascistas" están a punto de hacerse con el poder. Pero, ¿es realmente así? Como podemos apreciar si observamos los datos objetivos, de ninguna manera. Ningún movimiento o partido político identificado como continuador del legado fascista goza de una representación significativa en las democracias avanzadas. En cuanto a los grupúsculos de pandilleros con cruces gamadas tatuadas, ¿constituyen una amenaza para el sistema? La respuesta salta a la vista. No son más que vándalos cuya violencia es inversamente proporcional a sus neuronas. 

Naturalmente, los "antifascistas" no definen al fascismo así. Su actuación se dirige, según sus propias palabras, contra los "elementos represivos" de la sociedad actual. ¿De qué estamos hablando? Dependiendo de a quién se pregunte, de un grupo variopinto: de la policía, el ejército, la Iglesia, las empresas, el capitalismo, los jueces, los "intolerantes", los "machistas", los "homófobos", los "xenófobos"... En suma, todo es fascismo. Pero, ¿de dónde proviene este uso genérico e indiscriminado del término?

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La respuesta nos conduce a la Unión Soviética. Durante mucho tiempo, el enemigo número uno del marxismo era la "burguesía" y el sistema liberal capitalista que la sustentaba. La aparición del fascismo proporcionó al comunismo un nuevo enemigo, pero también una oportunidad para explotar al máximo su propaganda identificando a todos los oponentes de la revolución proletaria como fascistas, y por tanto partidarios de un régimen dictatorial y liberticida. La izquierda occidental, como en tantos otros temas, no tardó en adoptar las directrices de Moscú, y los resultados no se hicieron esperar. De repente, pese a que Hitler y Mussolini habían sido vencidos, nuevos "fascistas" aparecieron: Churchill, Adenauer, Eisenhower, De Gaulle, Nixon, Thatcher, Reagan... La táctica ha demostrado ser efectiva y en nuestros días han sido "fascitizados", entre otros: Bush, Aznar, Blair, Merkel, Trump... El único denominador común entre todos estos personajes es su oposición a la "revolución", que los convierte indefectiblemente en enemigos del pueblo. 

El uso desmedido del insulto "fascista" es, pues, producto de la propaganda soviética, y calificar como "fascismo" a todo lo que se opone al propio programa político es una táctica típicamente comunista. Los llamados "antifascistas", en efecto, no son más que bolcheviques encubiertos cuya precisión en el uso de los conceptos está al mismo nivel que su amor por las libertades. Su probada violencia y el desprecio por las instituciones que exhiben son tales que deben quedar proscritos de toda actividad política. 

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