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Vamos a ganar

La hegemonía progre se ha instalado en nuestras sociedades occidentales con tanta naturalidad que hoy muchos ven difícil, cuando no imposible, una reacción. Hay varias tendencias que aparentemente apoyan esta idea y nos permiten predecir un largo reinado de la ideología progre. En primer lugar, en la mayoría de países se tiende a constatar que los jóvenes están más contaminados por los antivalores modernos que sus mayores, y bajo el supuesto de que mantendrán la misma cosmovisión al envejecer, eso tendría hondas implicaciones para la sociología nacional. En segundo lugar, la secularización sigue avanzando y nuestras sociedades son cada vez menos cristianas. Dado que tradicionalmente el cristianismo ha sido el freno de las políticas progres, lo lógico es pensar que si decae estas políticas se intensificarán. Finalmente, el multiculturalismo supone una erosión progresiva de la cultura occidental y favorece que los partidos progres se mantengan en el poder mediante una pintoresca alianza
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Contra los libertarios

Debido a las dinámicas propias de la Guerra Fría, nos hemos habituado a definir la oposición entre izquierdas y derechas por referencia a la economía. La derecha representaría, entonces, la confianza en el libre mercado y en el capitalismo, frente al socialismo de la izquierda. Ya hemos dicho en anteriores ocasiones que esta es una dicotomía simplista, dado que el conservadurismo, aunque opuesto al socialismo, no puede reducirse a una mera defensa del liberalismo económico e incluso en muchos casos puede ser contrario a este. Pero la mitología del "mercado" ha pervivido y se resiste a desaparecer, y uno de sus resultados es la gran complacencia con la que muchos derechistas contemplan al liberalismo libertario, considerándolo un aliado en la lucha contra la izquierda, o a lo sumo como un compañero de viaje quizá algo radical y extraviado.  Por este motivo, no es raro que muchos jóvenes de la derecha española comiencen sus primeras andaduras políticas como libertarios, enemigo

Un país fallido

La reciente pandemia me ha convencido de algo que llevaba un tiempo meditando: España es un país fallido. Esto no debe entenderse como un lamento derrotista al estilo de los de la Generación del 98, sino como la simple constatación de la situación existente. No tengo ningún interés en resucitar la nefasta fracasología que durante tantas décadas minó el orgullo nacional de los españoles; antes al contrario, considero que es precisamente en momentos de zozobra cuando se abren las ocasiones más propicias para el restablecimiento de la gloria patria.  Todo depende, por supuesto, de que diagnostiquemos correctamente las causas de la enfermedad. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que España es un país fallido? Para empezar, no debemos entender esto en un sentido limitado a la labor (desastrosa) del actual gobierno de España. Creo que pocas dudas puede haber a estas alturas de la catástrofe que este ha supuesto para nuestro país, en todos los frentes, y en el caso de aquellos que aún no lo

El antiliberalismo burgués

A nadie se le escapa que hoy las posiciones de conservadores y liberales están cada vez más alejadas e incluso enfrentadas en no pocos de sus principios fundamentales. El nuevo conservadurismo, cada vez más crítico con unas ideas liberales que antes se consideraban indiscutibles (el fundamentalismo de mercado, la hiperglobalización, la separación entre lo público y lo privado, la neutralidad moral del Estado, etc.), se asemeja al hijo rebelde que abandona la casa paterna, llena de seguridad y complacencia, para entregarse a la búsqueda de la aventura y el riesgo en horizontes desconocidos. No es solo una metáfora: tal es en buena medida la situación de muchos jóvenes que, encuadrados en lo que genéricamente se ha considerado la "derecha", hemos realizado un viaje intelectual desde el viejo fusionismo que pretendía aunar a Dios y al mercado hacia unas posiciones que certeramente se han descrito como "postliberales", porque, sin caer en utopías antiliberales del pasad

Más allá del liberalismo

En un momento en el que el "liberalismo" parece ser el tótem al que casi toda la derecha española rinde pleitesía y todo el mundo se declara liberal con más fervor que nunca y con más ánimo exclusivista contra los "falsos liberales", no está de más refrescar la eterna cuestión, siempre disputada, de las relaciones del conservadurismo con el liberalismo. Hace ya tiempo que ofrecí un resumen de mi posición ( aquí ). Sin embargo, nuevas lecturas, reflexiones y debates me han llevado a reexaminar el tema. En concreto, la lectura del magnífico artículo What is Conservatism? de Yoram Hazony y Ofir Haivry, publicado hace pocos años en American Affairs , ha supuesto un antes y un después en mi concepción del conservadurismo. Hazony y Haivry son dos figuras eminentes del nuevo movimiento nacional-conservador que ha trastocado el universo intelectual de la derecha en Estados Unidos. A diferencia de otros provocadores en cuyo haber solo podemos contar el hacer rabiar pun

¿Feliz Alzamiento?

Entro esta mañana en Twitter y veo que, como era previsible es trending topic el alzamiento nacional del 18 de julio de 1936 bajo el hashtag #FelizAlzamiento. De forma absolutamente esperable, podemos contemplar cómo la red se divide en dos campos totalmente irreconciliables: el de los "rojos", o la izquierda, criticando el hashtag por fascista, nazi y, en fin, todos los epítetos a los que nos tienen acostumbrados; y el de los "fachas" o la derecha, utilizándolo con orgullo. No voy a tratar aquí del golpe de Estado de 1936 como hecho histórico, ni mucho menos discutir si estuvo o no justificado, como muchos a ambos lados esperan. Me parece un ejercicio sumamente estéril y que no aporta nada al debate de nuestro tiempo. Más bien, me limito tan solo a realizar unas breves consideraciones sobre cómo entiendo que debe posicionarse ante estas cosas un conservador de hoy. Es indudable que el dominio absoluto de la cultura y la intelectualidad por parte de la

¿Hasta cuándo nos tolerarán?

La agresión que ha sufrido la diputada de Vox Rocío de Meer en la localidad vasca de Sestao no suscitará enérgicas condenas por parte de la izquierda gobernante, ni mucho menos por sus totalitarios compañeros de viaje. Pero tampoco debería sorprendernos a ninguno. Estamos de sobra acostumbrados a la práctica de la violencia callejera en contra de los partidos de derecha en España, y en algunas regiones del país se ha convertido en algo endémico. La escoria que perpetra estos actos suele bramar en su defensa que "al fascismo no se le discute, se le combate", u otros mantras de idéntica sutileza y elaboración teórica. Pero los progres, verdaderos cerebros detrás de esta mascarada, tienen una justificación más chic para ello. Entre ellos se ha puesto de moda desde hace unos años la llamada "paradoja de la tolerancia" que supuestamente habría sido formulada por el filósofo Karl Popper. Según la narrativa progre, lo que la paradoja nos enseñaría es que una sociedad